EROS Y PALABRAS by Pura María García

LEYENDA DEL ACIERTO Y EL ERROR

UNIVERSE by GUDRUM RUF

“Me estremeceré. Me echaré a llorar. A la mañana siguiente me levantaré de madrugada. Saldré sola por la puerta de atrás. Pasearé por el páramo. Los grandes caballos de jinetes fantasmales atronarán detrás de mí y dejarán de oírse de repente. Veré la golondrina rozar la hierba. Me tumbaré a la orilla del río y veré cómo los peces saltan en el agua entre los juncos. Las palmas de mis manos tendrán la forma impresa de las agujas de pino”.

Virginia Woolf. Las olas

Una leyenda para agradecerte que me hayas ayudado a comprender que tengo derecho a equivocarme, al error.

Despertó a la vez que el intenso calor abandonaba la reseca garganta de la primera mañana. Las ventanas de sus ojos, de par en par, abriéndose, recorrieron la realidad, todavía aletargada tras una noche inusitadamente extensa. Lo real había sido creado. Todo se hallaba en su orden natural, reposando del acto que originó

la luz y, con ella, las sombras: los peces abundaban los caminos que no fueron jamás de agua; las aves caminaron sin pies, entre nubes que amortiguaban las ansias vehementes de lluvias y tormentas; la música yacía entre la madera y el metal de artilugios impensados hasta entonces; hombres y mujeres componían su silueta, al son del látigo indoloro de un presente tan ancho como posible.

Todo había sido creado, situados los elementos, cada uno, en un ánfora distinta. El agua llamaba al fuego, admirando su rojizo poder sobre las cosas; el aire suspiraba ante el mirar estriado de la joven madera. Noche y día, enemigos condenados a ser eslabones de idéntica cadena, se llamaban entre susurros audibles por las raíces profundas de las islas.

La boca circular del volcán de la vida escupió dos siluetas, nacidas en unión que adhería sus espaldas, bailarinas líneas que tardaron únicamente un instante en separarse. La mano creadora señaló las figuras de las geométricas identidades y les fue otorgado un nombre que jamás perecería. A la silueta de cristal se le llamó acierto y a su sombra, su doblez, le fue regalada una palabra bajo la cual existiría: error.

Todo así creado, completados los fractales misteriosos del origen se abrió paso el paraíso, las aguas, la luz, los sueños, la ternura y la mentira. Aparecieron los gestos de la tierra: cada uno de ellos encerrando una emoción, su nombre y su diferente estremecimiento. Nació la soledad, primero, asida de la mano de la nada, cubierto el rostro con un signo de interrogación, encerrando en ella la más eterna de todas las preguntas: ¿por qué? Brotó la alegría, resbalando por veredas y márgenes, por las pisadas del tiempo sobre la hojarasca del existir, anulando y venciendo a los demonios de la duda.

Todo así, creado, exultante paisaje donde Acierto y Error vagaban unidos, deambulando.

Inclemente, el invierno amaneció, también, cuando los astros perdieron intensidad y su estela se borró, divisada luz inexistente. El Acierto ocupó un trono de metal tornasolado, fue aplaudido por palmas de manos invisibles, inservibles loas llenaron su espalda en capa deforme y caduca, en silogismo irresoluto. Creció, acierto, hasta perder de vista la tierra que le había dado su origen y su forma. Altanera, su voz declamó los innumerables mandatos del universos, recitados, uno a uno, con soberbia, pero sin convencimiento y en frase imperativa ordenó al error ser desterrado del claroscuro paraíso. Error inclinó su cuerpo irreconocible, se cubrió con los harapos de las respuestas fracasadas y comenzó su exilio infinito por un universo convertido en verdad paralela. Señalado por los ojos de los habitantes del todo así creado como leproso de la imaginación, doblez de la verdad, intento fallido, luz abortada en el fracaso de una inadvertida alba, error caminó su incesante camino en castigo incesante.

Repudiado, error fue víctima de la sed profunda del eterno sediento, del hambre intensa de quien no recuerda el sabor del alimento, padeció la gélida repulsa de diestros y siniestros, de la Luna y el Sol, del vacío y la plenitud, fue abandonado en la cuneta simbólica del mundo en el que el acierto reinaba, sobre un trono sostenido por halagos. El acierto cayó adormecido por la hipnótica melodía del halago y falleció, ciego, absurdo y sordo, tullido de curiosidad, carente de preguntas porque sólo él, en su esencia, era del todo la pregunta y la respuesta: ¿para qué perseguir un sueño o una duda, si él era el acierto, dormitando en la estúpida urdimbre de su trono?

El error, sin embargo, vagó perennemente, como viento inacabable, por parajes donde hubo de volverse invisible, disolverse, morir, con lentitud, y recomenzar, a cada golpe. Cayó y se levantó, mil y una veces. En mil y una ocasiones, su rostro deformado transfiguraba su ser hasta adquirir la paciencia del otro. El error creció a fuerza de incisión de la navaja del rechazo. Hubo de buscar la verdad en cada nuevo intento, ser montaña arriesgada desde donde mirar con incertidumbre la Tierra cambiante, la arquitectura momentánea de lugares donde la vida transcurría, al descubierto.

Así fue como el acierto falleció, hundido, sepultado en su propia grandeza, en su falsa supremacía sobre la acción que yerra. Así fue, así lo leyeron quienes conocen el idioma de los signos invisibles, que el error, minúscula señal, repudiada equivocación que, desde el origen innegable a todos acompaña, sobrevivió al acierto y logró, en su soledad, la sabiduría de quien jamás alcanza el saber suficiente. El error, así lo cuentan, desde entonces, se convirtió en un derecho que todos poseemos al nacer y que a la muerte, en su camino, nos lleva y acompaña.

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