EROS Y PALABRAS by Pura María García

PSEUDÓNIMOS. Entrega 1

BARCELONA AIRPORT

BARCELONA AIRPORT

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06 caddish – dizzy

El avión ha llegado a su hora.

La previsión del tiempo ha sido tan exacta que la ha convertido en un extraño indicio.

Es la primera etapa de este viaje.

Estoy cansado y, sin embargo, mi cuerpo permanece en un singular estado de alerta.

Son todos presentimientos. No puedo tomar ni una sola evidencia como un argumento tajante, una prueba de lo que ha sucedido. De lo que habrá sucedido o todavía está por suceder.

Respiro despacio.

Compartir el aire enrarecido de un avión con personas extrañas me produce una sensación de asfixia y de soledad.

El habitáculo del avión está salpicado de cuerpos con rostros, encajados en un asiento que quiere dar la impresión de ser cómodo y reconfortante.

No es así.

Yo le sobro a este asiento tapizado en tela gruesa de color azul.

Yo le sobro al avión.

Si anoche no hubiera recibido su correo electrónico, este avión habría hecho su enésima travesía por el cielo sin contar conmigo, con mi asfixia.

Hace unas horas, antes de embarcar, el taxi ha cargado con mi cuerpo, mi sueño y mis pensamientos.

Todavía era de noche.

Todavía.

Barcelona era un murmullo que se preparaba para clamar cuando las personas iniciasen su día reiterado. Las ciudades son entes espasmódicos, latentes, cuyo ritmo es cambiante pero cíclico.

Las ciudades tienen luces suspendidas del falso firmamento que las cubre.

Cada ciudad, imagino, es una pequeña luz si se pudiera observar desde el punto extremo del universo.

Todavía era de noche cuando abandoné mi casa.

Me ha parecido siempre un contrasentido lógico el abandonar un lugar para poder sentir que has llegado a otro. Son antónimos vitales e inesquivables.

Abandonar para llegar.

Tener para perder.

Recordar para dejar atrás.

Saber para desear ignorar.

La puerta, el acto de cerrarla, ha sido mi penúltimo gesto.

El último movimiento lo he hecho cuando he guardado en mi maletín el papel con el texto del correo que he recibido.

Ella había comprado ese maletín del mismo modo que compraba cualquier pequeño objeto, de igual forma que hacía y creaba, que respiraba, hablaba, tocaba, besaba, existía.

“Eres una impulsiva”.

Ahora me preguntaba en cuántas ocasiones le había dicho a ella las mismas tres palabras. En cuántos momentos.

Desde el día en que me entrego aquel maletín negro, envuelto en papel de celofán transparente, siempre lo había llevado conmigo cuando viajaba.

— “¿Te extraña que haya envuelto mi regalo en papel transparente? ¿Crees que así se rompe la sorpresa? Adoro la transparencia. Tú lo sabes ¡No me mires así!”

Hoy habría deseado olvidarlo, perder la noción de su situación en casa, creer que estaba extraviado o abandonado  en mi despacho, junto a la mesa de madera negra.

Hoy habría deseado viajar sin él.

En realidad, hoy no habría querido viajar.

El taxista me ha contemplado sin mucho interés. Hemos cruzado las miradas para evitar cruzar las palabras.

Él no me conoce.

Yo desconozco quién es.

No me interesa en absoluto. Ni yo a él.

— ¿Al aeropuerto?  —ha preguntado, mientras me abría la puerta del taxi.

Ha debido ver en mi rostro la expresión que se adueña del rostro y los gestos de aquellos que emprenden un paréntesis.

Sí, al aeropuerto.

Mi maleta metálica bostezaba en el maletero del taxi.

Mi cuerpo se aproximaba a la puerta del lateral del coche. Así, sentado en su interior, nadie habría dicho que el desconcierto era el trasfondo peculiar de mis ojos en ese momento.

Barcelona dormitaba.

Lo parecía.

Gente ocupada en acabar sus sueños o esquivarlos quedaba atrás, alejándose simultáneamente a la cercanía que se creaba entre el taxi y el aeropuerto.

La ciudad era la espalda de mi cuerpo. El atrás de aquel momento.

—Buen viaje —escuché del taxista desconocido.

Le miré a los ojos.

Todavía era de noche.

De nuevo, tras un tiempo que no había deseado contabilizar, las puertas automáticas del aeropuerto se abrían y cerraban intermitentemente.

Un único paso de cualquier persona les hacía transgredir su hermetismo.

Los rótulos que indicaban la entrada y las direcciones permanecían estáticos, adheridos al concepto de un lugar de paso, común y transitorio.

Es extraño pensé los carteles despliegan su quietud, su estatismo para que los viajeros podamos transcurrir y desplazarnos. Quietud en el movimiento.

Un aeropuerto es un espacio paradójico y silente, claroscuro y abigarrado de sucesos y personas, de deseos y pasado.

Sin vacilar, me dirigí a la terminal que más de una vez había recorrido para alejarme de mi entorno y viajar.

Esta vez el itinerario parecía distinto. Era diferente.

Aquel día viajar se había convertido en un verbo alejado de poseer la intransitividad que le caracterizaba normalmente.

Viajar  no era trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción.

Yo no me trasladaba de ningún lugar.

Viajaba a encontrar un lugar.

Con un papel impreso y un texto, la forma tangible en que se había trasformado el correo electrónico que había recibido en las horas previas a mi viaje.

Viajar era la incertidumbre.

El único camino para encontrar las certezas que buscaba.

La mujer sonrió sin ningún tipo de afectividad:

— ¿Maletas?

La cinta transportadora se convirtió en una inmensa lengua ennegrecida que lamía mi maleta y la ingería irrespetuosamente.

—Caballero, ¿me permite su DNI?  —preguntó la mujer con uniforme.

Involuntariamente, al tomar mi documento de identidad y dejarlo sobre el pequeño mostrador, señalé mi fotografía.

Recordé que cuatro años antes, cuando ella aún estaba cerca, el olvido de mi DNI me hizo perder un avión y no llegar a un lugar que me aguardaba.

— ¿Berlín vía Londres? —dijo la mujer sin levantar la vista.

No contesté.
Aquella mujer desconocía el motivo de mi viaje a Berlín.

En realidad, ni yo mismo sabía el verdadero porqué de aquel viaje.

PSEUDÓNIMOS continuará en la entrega 2

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Esta entrada fue publicada en junio 14, 2009 por en amor, HISTORIAS, LITERATURA, personal, PERSONAL E ÍNTIMO, RELATOS y etiquetada con , , , , , , , .

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