EROS Y PALABRAS by Pura María García

RECORDAR EN TRIPOLI (I)

TRIPOLI by XAVIER MOLLÀ

TRIPOLI by XAVIER MOLLÀ


Para todos sus actos de soledad buscada,  reproducía un ritual que solo él conocía.

Elegir un momento que escapara de la lógica y la frecuencia de los demás era la condición primaria para que sus acciones más secretas saciaran su deseo de aislamiento, de unicidad.

Dos veces al año. Cada año. Cada periodo establecido según los absurdos calendarios, él viajaba a lugares cada vez más remotos.

Cada destino, su elección, su justificación ante el resto de lugares del planeta era determinado por él, secretamente. Jamás afirmaba abiertamente su deseo de viajar hasta un lugar, una ciudad, un área de cuerpos o lugares.

Él sugería, nombraba veladamente, simulando rodear al azar enclaves de algún rincón del mundo.

En secreto, él ordenaba el itinerario previamente. Imaginaba acciones asociadas a lugares que pronto serían entornos vitales provisionales para él y sus acompañantes.

Nada era casual en su vida aunque simularlo le proporcionaba un extraño placer.

Su mundo interno era su libertad, donde ni siquiera los más cercanos podían adentrarse.

Pocos conocían que tras su mirada clara e intensa, su capacidad de observación se había convertido no solo en la expresión de un sentido sino en el parámetro psicológico que determinaba una de sus costumbres, también secreta: observar, fijar la vista en los signos estáticos o dinámicos de la misma vida, en los rostros marcados por indicios que no podían ser interpretados sin escrutar los adentros vitales de los seres a los que pertenecían.


Atrapar la realidad, y su interpretación, era sentirla con los ojos, con la mirada.

Escrutar el instante en que sucedía un acto, minúsculo o intenso, constituía la rendición a la complicidad entre la realidad y él mismo, su vista.

Contemplar, despreciando el devenir del tiempo fugitivo, no era menos que copular con el entorno emocional o geográfico.

Mirar era la libertad.

Le agradaba la sensación de poder abarcar los lugares que se extendían en la distancia aparentemente más inaccesible del planeta, llegar a ellos, sucumbir en su estancia a imprevisibles instantes que eran presentidos y a aquellos otros que emanaban del azar y sus giros.

Guardaba secretos en sus sentidos. Secretamente construía sueños.

En secreto también amaba de un modo furtivo.

Él creía que lo más secreto es lo que sentimos más nuestro, menos compartido.

Sus circunstancias vitales eran un lienzo en blanco sobre el que otras circunstancias, o la ausencia de ellas, habían adecuado personas y lugares, estados civiles, parentescos y vínculos hasta integrar un paisaje definido, inesquivable.

No sentía rendición ante ellas.

No escondía resignación en sus actos.

La libertad de saberse él, libre en la soledad y en la voluntad sin coacciones, la ejercía en sus actos más secretos.

Ella, la mujer a la que amaba, su amante, formaba parte de su libertad.

La había conocido siete meses atrás.

La había desconocido, en realidad:

“Te estimo porque sí. Te deseo sin ningún motivo definible. La pasión, el deseo y la piel son las tres cuerdas con las que los vínculos se cierran. No necesito conocerte. Deseo desconocerte de lo que eres. Quiero amar lo que serás cuando seas en mí”

Ella era como su libertad, un placer que solo existía en el secreto de los actos más secretos.

Antes del primero de sus abrazos, cuando ni siquiera se habían cruzado sus voces en una sola llamada telefónica, él le hizo saber que era un hombre comprometido con un matrimonio. Su vida se desglosaba en aristas aceptadas sin frustración ni acatamiento. Era su vida.

Desde aquel primer abrazo, los encuentros se sucedieron. Se sucedían los mensajes, las evocaciones, las miradas transformadas en textos que cruzaban la distancia y sus límites para unirles.

Secretamente. En la libertad que otorga la elección y el riesgo que se anhela.

Desde entonces, desde su encuentro, él le llamaba por teléfono antes de iniciar sus viajes.

Odiaba despedirse, especialmente de quienes formaban parte de su vida y sus sentimientos. Era absurdo ceñirse a una fórmula gastada para encerrar un instante que contenía implícita la posibilidad de un reencuentro.

Sin hacerlo, esquivando el adiós, colgaba su teléfono móvil y entornaba los ojos para guardar el tono suave de la voz de ella, de su penúltima sonrisa.

Al día siguiente se iniciaba su viaje.

El recuerdo de ella y su cámara de fotos le acompañaban con la insistencia aceptada que solo se permite a lo que se ama y se desea desde el convencimiento y la no necesidad.

Secretamente, vivía cada instante de su último encuentro en el mismo hotel en que siempre engarzaban sus cuerpos.

En secreto, los recuerdos furtivos afirmaban la solidez de su libertad.

Alguien creyó elegir el destino que él había en realidad seleccionado mucho tiempo antes.

Al subir al avión se preguntó si la frialdad con la que separaba sus sentimientos y los mantenía más cercanos a la razón que a la emoción respondía a una costumbre o a una necesidad.

La amaba.

Dejaba atrás su presencia y parte de su necesidad de ella.

Alejarse de ella, de la posibilidad de tenerla, solo sería real si intentaba reducir la intensidad de sus emociones.

La veía en cualquier rostro que fotografiaba.

La intuía en gestos que ni siquiera se habían producido en los cuerpos extraños con los que se encontraba.

A veces, el dolor de su ausencia, de la certeza de su no proximidad, era tan intenso como la luz que el sol emanaba para deformar su mirada cuando hallaba la soledad buscada en la montaña.

Dejaba atrás parte de sus emociones. Solo una parte. Habría sido imposible alejarse de ella sin hacerlo.

Alguien había creído elegir Libia como el destino de aquel viaje.

Saber que Libia era un paréntesis casi desierto hizo que él sugiriera Trípoli como el punto donde su destino provisional podía ubicarse. La soledad era también un paréntesis, entre el desierto de las emociones, al que acudía de manera repetitiva desde su adolescencia.

Un taxi aparentemente en condiciones les llevó hasta el 82874 de la avenida Souk Al Thulatha.

Allí estaba el hotel, un recinto lujoso y cómodo como cualquiera de los hoteles en los que exigía alojarse.

Seleccionaba en secreto los destinos.

Elegía previamente los hoteles, siempre de 5 estrellas, los enlaces, los vuelos…

Elegía los centímetros del lienzo de su vida que permanecían todavía sin soldarse con las circunstancias que le rodeaban.

Era la vida y sus sombras.

Era su vida.

Sus costumbres encerraban también la libertad de persistir.

Las calles del centro de Trípoli se asemejaban a ríos pocos caudalosos.

La ciudad no despertaba a la mañana hasta que el sol furioso de la tarde anunciaba el calor rezagado.

Sobre las calles, las personas limitaban la tierra y el aire.

Le crecían a la ciudad visitantes recientes, situados sobre ella como puntos suspensivos con consciencia. El negro y el blanco de la ropa que cubría los cuerpos agitados por el aire caliente empobrecían los colores de las fachadas.

En medio de el Suuq, los tenderetes de su mercado formaban un damero en el que acontecían  intercambios de miradas, palabras escondidas en sonidos agudos, gestos fugaces que marcaban encuentros, trueques de tiempo y de objetos, silencios remediables con una moneda…

También allí, mezclado con el aroma de las especias y el sudor de la gente, el recuerdo de ella azotaba sus recuerdos.

Añoraba su piel blanca y espesa. La textura irrepetible que sus manos habían poseído tantas veces.

No era necesario sentirla entre ellas: aquella piel era un recuerdo tan tangible y profundo como un aliento.

Ella quedaba atrás, de manera transitoria.

Su recuerdo  y su piel eran la libertad que él encerraba en su soledad innegociable.

Alguien pronunció cerca de él unas palabras en una lengua incomprensible.

Con un grito atávico, irregular, un hombre señalaba a una mujer con un gesto de su mano.

En un lateral, apoyada en una pared, la mujer manchaba el escenario de la mañana con su túnica blanca. Junto a ella, otra mujer con el rostro descubierto, apoyaba su pie en la pared y parecía sonreír.

El interrumpió su silencio.

La mujer que le acompañaba en aquel viaje, y en todos los viajes que emprendía, era su circunstancia vital.

Ella, la mujer que amaba, era el recuerdo que había dejado atrás, era su secreto.

Interrumpió su silencio.

Deseaba acercarse solo a aquellas mujeres libias.

Sujetó la cámara de fotos, su mirada más profunda, la extensión imperecedera de sus ojos y se dirigió al lugar en que las dos mujeres configuraban su propia escena.RECORDAR EN TRIPOLI

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