EROS Y PALABRAS by Pura María García

RECORDAR EN TRIPOLI (II)

MIRADA AJENA by BRUÑOLA

MIRADA AJENA by BRUÑOLA

Al aproximarse, percibió bajo sus pies la temperatura del suelo tosco. La tierra transpiraba desafiando los pasos que definían caminos artificiales sobre ella.

Un grupo de niños se envolvían en risas castigadas por la realidad y la miseria. Cruzaron por delante de sus pies, como se cruzan las vidas que en el fondo nunca interseccionan.

Uno de ellos señaló el objetivo de la Panasonic con uno de sus dedos mugrientos.

La suciedad era la piel de aquella infancia que correteaba en huida inconsciente de sus circunstancias.

También él.

También los niños.

Las mujeres observadas observando sus movimientos.

Los hombres apoyados contra los pilones de piedra desgastada.

Los ancianos expectantes despreciando el ritmo lento de los minutos sucesivos.

La distancia de su amante y su presencia. También.

Cada cual asido por las circunstancias propias.

Juntos, mezclados en una calle remota en la que se repetían las vidas.


El rostro de aquel niño desafiaba la lógica. Era mayor la tristeza que su mirada fulgurante provocaba en quien le observaba que su melancolía, su insatisfacción.

Las mujeres cubiertas con túnicas perdieron durante un instante el interés que le habían suscitado. Giró el cuerpo con rapidez. Rodeó el objetivo de su cámara con la mano para circundar el fragmento de realidad que quería poseer al tomar la fotografía.

La máquina era su mirada más escrutadora. Aunque el objetivo estuviera aprisionado por la dictadura del mecanismo que aseguraba el modo automático, él siempre reproducía con su mano el gesto de enfocar y centrar la imagen.

Así, al percibir que la realidad se aproximaba a él, a su mirada, según su propia voluntad, la libertad tomaba forma y hacía que los objetos cobraran nitidez, fueran ciertos.

Apoyó el codo contra su cuerpo para afianzar la mirada de la cámara.

Observó la interpretación de la realidad que el objetivo le mostraba.

Contempló los ojos divagantes de aquel niño sucio que un instante después quedarían adheridos a la imagen que la cámara había captado.

La vida escapaba correteando por el suelo ocre de las calles.

Aletargada y perenne en las fotografías que él tomaba, la vida también permanecía.

Recordó las imágenes que de manera vehemente tomaba con su cámara mientras su amante, desnuda, le sonreía tras la profundidad del encuentro de la carne.

La recordó una vez más. Inevitablemente, el sabor de su sexo, cuando él lo hacía suyo con la lengua, se mezcló en su boca.

Buscó con su cámara a la pareja de mujeres.

Todavía formaban parte del paisaje que en ese momento engrandecía el entorno físico de la ciudad.

La mujer con el rostro cubierto por el velo blanco era un signo de admiración pausado, encerrado bajo los arcos simples que unían los dos laterales de una callejuela.

La cal adormecida desde un tiempo que escapaba a la memoria sobre las paredes,se rebelaba al sol y a su incidencia. Los rayos luminosos eran intensas caricias sobre ella.

Todo su cuerpo se guarecía tras la tela blanca, amarillenta si era observada desde una cierta proximidad. Únicamente emergían sus brazos delgados, dejándose rozar por el aire hiriente de la mañana.

Él imaginó los brazos fibrosos de su amante.

Podía sentirlos sobre su espalda.

Podía recordar la intensidad con que dibujaban aristas invisibles en su cuerpo.

El rostro de la mujer cubierta de blanco podía adivinarse a duras penas.

Pensó que sus labios serían delgados, como los dedos que movía lentamente mientras hablaba con la otra mujer.

Dibujó en su  mente unos labios delgados y suaves.

Cubierta, el sol y el aire insultantemente cálido, no habrían maltratado la boca de aquella mujer. Ni sus pómulos. Tampoco los ojos, probablemente oscuros y profundos.

La mujer realizó un movimiento mínimo.

Sus pies parecieron avanzar unos metros. Sin embargo, su cuerpo permaneció en el mismo lugar, suspendido de la realidad, prendido a aquella calle estrecha.

La sensación de tiempo pausado en el mismo tiempo acrecentaba la lentitud de los gestos, de la mirada.

La luz solar penetraba ahora la calle desde un ángulo imperceptiblemente distinto.

Convertida en bruma transparente, la luminosidad bañaba la silueta de las dos mujeres.

Una apoyaba su pie contra la pared blanca. Doblaba la pierna formando un espacio triangular por el que la mañana era aún más precisa.

De perfil, su rostro ejercía una extraña indiferencia en la mirada de él.

Ver al descubierto aquella faz desafiante no le provocaba tanta excitación como escrutar la silueta de la otra mujer.

La luz rebelde del sol se convertía en aura translucida. La túnica blanca recobró una extraña transparencia.

Él levantó su cámara.

Buscó engrandecer la silueta y el cuerpo que el blanco cubría.

Incitó la mirada con lo que su mente pretendía imaginar.

Había un cuerpo de mujer tras la tela gastada.

Piel marcando una juventud que podía presentirse. Piel sosteniendo la inocencia no perdida que seguro permanecía en las partes más íntimas de aquel cuerpo.

Pensó en la libertad.

Abrió su mente a los momentos en que transcendía la inocencia de su amante, cuando apresaba su vitalidad con la boca y su lengua, cuando la penetraba.

Nuevamente la saliva de él adquirió una densidad similar al flujo transparente que su amante le ofrecía antes de adentrase al orgasmo y su encendida cadencia.

Hizo girar el objetivo de su Panasonic hasta alcanzar una cercanía con la mujer cubierta por la túnica blanca que era ficticia. Ella no había avanzado en su estatismo. Él se acercaba falsamente hasta rozar su silueta con la mirada del cristal.

Intuyó la soledad del sexo de la mujer, la espera de la liberación de la túnica y su ropa interior.

Su respiración comenzó a agitarse al presentir que ella experimentaría la secreta libertad de desprenderse de la tela absurdamente impuesta sobre su piel joven.

Experimentó el placer de su propia libertad en la libertad presentida en otro cuerpo.

Los labios de su amante, la forma en que merodeaban su pene hasta acunar su semen en ellos eran también una expresión de libertad secreta.

Quizás similar a la que aquella mujer joven hallaría en desnudar su pubis y su cuerpo.

El recuerdo de su amante se mezcló con el deseo carnal  que la mujer de blanco despertaba involuntariamente en él.

Se sintió agua en una mar que ascendía y descendía con la cadencia de cada giro del objetivo.

Aproximó su mirada artificial a la silueta traslucida de la mujer.

Aproximó su deseo, el latir imprevisto de su carne.

Fotografío el cuerpo joven presentido tras la túnica.

Lo hizo suyo desde la libertad de su mirada precisa.

Secretamente, se supo libre.

En secreto, trajo el cuerpo de su amante a su memoria más cierta.

Lo penetró, íntima y secretamente, mientras penetraba la distancia para tomar aquella fotografía.

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