EROS Y PALABRAS by Pura María García

JAZZ

JAZZ by ROSTOKIN

JAZZ by ROSTOKIN

El retraso nos impide apreciar las luces diseminadas que coronan la avenida.

Los coches en zigzag casi permanente bordean las aceras al compás marcado por lo semáforos.

Anochece, también con retraso. Es el verano y la forma extraña con que dilata la tarde hasta entregársela a la noche.

Sujetas mi mano con firmeza mientras avanzas apenas unos pasos antes de que crucemos. Los dos.

La puerta es una boca hambrienta, los labios metálicos que tiene el edificio que interrumpe la línea uniforme del Paseo de la Alameda.

Sobre la acera, parejas, grupos de personas, hombres o mujeres aisladas para ser individuos…

Junto a la puerta, los adornos corporales del propio edificio, las personas, aguardan para entrar. Instantes de sonrisas leves, las penúltimas. Fragmentos del tiempo previo al tiempo. Miradas en búsqueda de otras.

El Palau de la Música se ilumina. Estrellas artificiales tras las constelaciones de focos se encienden en una diadema incandescente que rodea la fachada.
La puerta bosteza. Con su apertura inesperada, el grupo de seres predestinados a ser espectadores se deshace. Unos y otros entran. Atraviesan la puerta metálica con gestos distintos y pasos singulares.

Continúo asida a tu mano.


Mi paso intenta acompasarse al ritmo apropiado que tu caminar provoca.

Inclinas tu cabeza. Me miras. Interpreto las frases que no exhala tu boca.

Las máquinas que dispensan las entradas aguardan, al igual que nosotros, en un lateral del vestíbulo. Son manos mecánicas. Entregan. Dan. Ofrecen papel rectangulado y rígido, brillante. Unos. Otros. Ellos. Ellas. Pasos. Tarjetas. Códigos que emergen del olvido. Transitoriedad. Memoria atraída a la memoria. Inquietud.

Dos hombres aguardan ante una de las máquinas. Agitan las manos como banderas de su impaciencia recién acaecida.

El suelo, si pudiera, se desnudaría de la moqueta azulada que lo cubre.

Las máquinas.

Todos. Unos. Otros.

Cadencias que se interrumpen con cada espectador al irrumpir en el edificio.

Introduzco mi tarjeta de crédito en esta sonrisa mecánica. La pantalla táctil se deja acariciar.

Pulso una cifra de modo instintivo: 2.

Busco tus ojos cuando el rectángulo de papel, uno, se deja caer sobre la bandeja de metal.

Espera, pareces decirme con la mirada.

La maquina divide la dualidad que nos mueve, nos conmueve, en individualidades parciales pero completas. Somos dos en un dígito que precisa la precisión de sabernos contenidos en él.

De nuevo, tu mano arrastra con suavidad a mi mano. La parte inferior de mi vestido me roza las rodillas al cruzar el vestíbulo. Camino. Caminamos por encima de los escalones que conducen a la sala Iturbi. Ascendemos. Buscamos la sala con pasos que se acoplan a la dimensión prevista de cada escalón. Contiguos,  esparcen pasos de mármol para que sobre ellos dejemos nuestra huella.

Vamos, expresa tu sonrisa la no urgencia de la urgencia con que deseamos acceder a la sala y a la música.

Es cierto que deseo que el jazz  me bañe con sus sonidos.

Tu aroma, al entrar se hace más intenso. Adiciona con el aroma de la sala: luces recién encendidas; madera; tela gruesa tapizando las butacas, cables; focos incandescentes resignados; otros hombres con aroma, como tú; mujeres átonas asidas a sus brazos; rostros inexpresivos; silencios que van a romperse con la excusa de la música.

Hay historias que cubren el pasillo. Toman forma de hombres y mujeres. A sus espaldas, cada acto de hoy lo es, constituye su historia.


Por aquí. Tu mano presiona la mía.

Te adelantas ante una fila de butacas cerradas ante la soledad de no ser ocupadas. Todavía.

Sigo tus pasos. Sobrevuelo la línea invisible que los asientos numerados traza sobre el suelo.

La madera del techo nos vigila. La observo al sentarme y levantar la vista.

Tres sonidos contraseñan el inicio del espectáculo.

Tres pitidos agudos, cadenciosos.

Regletas de focos cromáticamente distintos se suspenden irremediablemente del cielo de madera. Rojos. Azules magenta. Blancos. Amarillos.  Combinaciones lumínicas  que ascienden y giran hasta centrarse en un punto central del escenario.

50 years of Kind of blue.

Letras amarillas.

Luces ortográficas copulando con el blanco del fondo del escenario.

Pasos presentidos. Deseados.

Otras luces.

Alguien inicia con sus aplausos un espacio sonoro que todos compartimos.

El centro del escenario forma un escenario en él mismo. En uno de los lados, tres siluetas vestidas de negro barajan los sonidos y los mezclan, juegan con ellos. Las tonalidades sonoras aceptan ser silenciadas, unas, y resaltadas, otras, para sonar en abanico de agudos y graves.

Tres hombres de piel negra acceden al numen ficticio del escenario.

El saxo tenor, la trompeta y el saxo alto anteceden sus identidades. Brillan sobre el espacio que el escenario y el techo comprenden.

Brilla el dorado de la superficie de los tres instrumentos.

Las manos negras de los tres músicos, sobre ellas, los acarician mientras se sitúan ordenadamente, rodeando la batería, el piano negro y el contrabajo.

Los aplausos son una cortina sonora que les deja a descubierto, al aire del público expectante.

Aplaudes rítmicamente.

Busco con mis ojos las siluetas que irrumpen despacio.

Pertenecen a rostros sonrientes, apacibles.

La expresión de sus ojos es serena pero arden sus miradas cuando acercan por un instante los instrumentos a sus bocas.

Una luz amarilla localiza la superficie brillante del piano. Lo inunda de un modo simétrico.

Un cuarto hombre de color se acerca a él con pasos extrañamente lentos. Su cuerpo es grueso. Su chaqueta, excesiva. Gris oscuro. Estrellas extravagantes salpicando su corbata, también  desmesuradamente larga. Los tirantes, anticuados vestigios de un peso corporal que ya no posee, asoman imperceptiblemente cuando pretende acomodar sus muslos sobre el taburete oscuro.

La mujer que está sentada junto a  mí aplaude con un vigor inaudito. Cuchichea el nombre del pianista a su acompañante, un hombre delgado con barba cana. Apenas se miran. Ni una sola de sus palabras se roza.

Ella habla despacio. Él la escucha, también lentamente. Tanto que no oculta el poco interés que despierta el mensaje que pretende transmitirle.

Apenas se miran.

Yo busco tus ojos. No deseo ser como la mujer que está a mi lado.

Busco tus ojos y tus manos.

Secretamente, recuerdo cuando tus silencios se deslizan sobre mí, tras hacerme tuya. Son otros silencios. Distintos al silencio que comparte esta pareja asimétrica y distante.

Encuentro tu mirada. Tu sonrisa también acude a ella.

La centras en la parte de mi vestido que intenta cubrir mis muslos.

De nuevo una sonrisa, la tuya, ancla mi mirada a tu cuerpo.

Con cada acorde, los músicos alternan la voz de sus instrumentos. Languidece el piano antes de que la trompeta incida sobre los sonidos y extraiga de ellos un susurro metálico afinado. Tras ellos, un quejido intenso y agudo.

La trompeta destila gotas minúsculas de saliva.

A mi mente acude la imagen de tu boca encendida cuando pretendes mi lengua.

Tu mano está próxima a mi brazo. Me acerco a ella. La rozo.

Ascienden y descienden los tonos de la música.

El contrabajo golpea la sonoridad que intensifica el ambiente. En mi vientre, resuena cada vibración de sus cuerdas. Uno tras otro, lo dedos de la mano derecha del músico que toca el contrabajo, percuten y lo rasgan hasta robarle su sonido más profundo.

Las formas del contrabajo desean acercarnos las formas de la música, de la vida. Curvilíneas, circulares, onduladas como los caminos que no esperamos recorrer pero que salen a nuestro encuentro.

Todo en esta noche posee un significado. Tú también. Yo. Nosotros. Ambos.

Incluso la mujer que habla sin pronunciar lo que desea, la que está a mi lado. También ella.

Tengo tu mano entre las mías. Con la yema de mis dedos recorro la parte superior de ella. Me entretengo en el espacio que cada dedo le permite al nacimiento del siguiente. Divago entre tus dedos como tu sexo divaga mi sexo. Inconscientemente realizo movimientos que también expresan algo. Te deseo mientras la música excita el aire denso que circunda nuestros rostros. Imagino en realidad el vaticinio de la entrega carnal que sin duda acontecerá cuando abandonemos la música, la sala, el espacio ocupado por otros.

Te buscaré la carne cuando el silencio de un lugar solo nuestro sea real.

Cuando la música cese su expresión, haré música con mis labios sobre la piel que te recorre.

Ahora, mientras la trompeta vibra más intensamente, el hombre de color subyuga la embocadura a la humedad de sus labios. Oprime con ellos el metal dorado. Cada golpe de aire se transforma en un trazo de vaho. El contraluz de los focos lo hace visible.

Las cuerdas del contrabajo se rinden a las manos del hombre con el cabello anudado. Su fuerza controlada provoca la oscilación de la pica. Levemente, las formas sinuosas del instrumento se acercan y se alejan, con rítmica cadencia, del cuerpo del músico.

Recuerdo como haces que mi sexo se aproxime al tuyo antes de penetrarlo.

Con mi mano, intento tocar tu sexo, en este espacio compartido con rostros y cuerpos que desconocemos.

La música se intensifica. Todos los instrumentos ensamblan sus sonidos sin despreciarse.

Busco tu sexo. Lo hallo, vibrante también, como la música.

Se excita cuando lo rozo por encima de la tela de tu pantalón negro.

El saxo tenor aísla su sonido del resto de instrumentos. Preciso, cruza con los acordes crecientes el paisaje musical que se dibuja debajo de las luces.

El sudor cristalino que cubre la frente del músico que lo toca capta la iridiscencia de los focos, la transfigura en bruma acuosa y sugerente.

Tu sexo, excitado por el roce de mis manos, vive la nostalgia de emerger, de mostrar su turgencia sin decoro.

La música continúa. Me acaricias con tus ojos profundos y tu leve sonrisa.

Con una de tus manos tomas la mano que recorre la dureza de tu pene. La acercas aún más a él.
Continúa, pareces decirme.

La frente de los músicos se baña en el sudor que la vivencia de la música provoca.

Tu sexo es agua. Sucumbe a la oscilación de mi mano debajo de la tuya.

Jadeas imperceptiblemente. Me agito, como hace tu sexo.

Tu sonrisa vuelve a buscarme.

Solo necesitaba aguardar al final de la actuación para sentir mi placer.

Tú me lo darías.

Sin embargo, la música me ha hecho desearte.

Antes de tiempo.

SAXO by SUBJECT

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