EROS Y PALABRAS by Pura María García

PASOS DE ARENA


También hoy he caminado sobre la arena.

Cada domingo,  temprano, cuando la playa se despereza y comienza a extenderse acercándose a la orilla, mis pies inician un camino conocido que desean.

Son distintos los pasos que recorren la superficie fragmentada de la arena, son diferentes y resuenan de un modo que en nada se parece al caminar sobre la acera de las calles. Aquí, donde el mar lame la costa, el sol es una excusa, brillante y encendida. El oleaje, que simula recriminar a la tierra su inmovilidad, es la única certeza.

Me he adentrado unos minutos en el agua fría de la mar que me aguardaba: ella me ha dado un abrazo intenso y protector que ha calmado mi piel.

Soy una transeúnte sobre la costa que se acompaña con un cuerpo barnizado por el agua con sal que me impregna. Cerca de mí, otras personas, muy pocas, recorren la playa. Cada una de ellas es un diminuto interrogante que la tapiza: alguien estará soñando en este momento, alguien soportará las dudas inesperadas que le invaden o buscará con el pensamiento una sola razón para recordar. Todos nosotros, desde el cielo, probablemente parezcamos círculos en movimiento que transitan sobre la arena, dándonos el silencio.

Yo estoy sola, cubierta con esa soledad que se contiene únicamente en los momentos en que nos buscamos el interior, o lo dejamos existir, para escucharnos. Caminar es ahora un acto que me aleja de un lugar para acercarme a mí.

Mi pensamiento toma el rumbo que le dictan los rayos del sol. A mi mente regresan recuerdos y nombres; momentos y significados que únicamente yo conozco. Hay música en las olas y yo la percibo. También hay otra melodía que me envuelve, como el aire.Recorro la parte que de la arena que se dibuja delante de mis pies. En este lugar, donde la luz serpentea desde las primeras horas del día, no me importa abandonar mis huellas para que sean borradas tras el tiempo justo que se toma la voluntad del agua.

Con cada paso, mi intención se difumina y me contemplo, desde dentro.  Siempre que camino sobre la arena, en mi boca se dibuja, de manera involuntaria, una sonrisa. Es un esbozo pequeño que posee el valor de lo inesperado, de aquello que no se premedita. A veces, yo misma me sonrío ante esta actitud que toman mis gestos más íntimos.

Aquí, propiciando mis pasos de arena, soy feliz, en esta soledad donde no me siento aislada de mí sino conmigo. La extensión de este paisaje no finaliza, es una inmensidad reducida que limita únicamente con el horizonte y el cansancio de los pasos. Hoy debería permitirme los recuerdos, darle permiso al ayer para que sea voz reconocida y escuchada. Lo hacen, son palabra intensa reducida al pensamiento. Regresa la memoria y comienzan a dibujarse iniciales y nombres:aquellos días y las canciones que trajeron; esas palabras y los labios que las crearon; algunas texturas y las manos que las confirmaron, trasladándolas también a mi piel. Nacen, me nacen las preguntas como surge la espuma en esta mar que no se atreve a traspasar mis pies: ¿Cuántas veces he amado? ¿En cuántas ocasiones he creído alejarme del amor y aproximarme a un adiós?

Me nacen las preguntas que traen respuestas prendidas de la mano.

A veces, creemos que el amor tiene un único nombre y dos apellidos inequívocos. A veces nos damos el adiós como quien entrega una piedra, del mismo modo que se da la mano, sin medir la fuerza de la despedida. Nos juramos no volver a amar, no permitir el latir al corazón reincidente y obstinado. Nos convencemos de que alejarse es un inicio para construir sentimientos distintos, un amor diferente. Nos engañamos diciéndonos que habrá un mañana que no permitiremos. Le hablamos sin cesar a nuestra alma.

Hoy, la arena permanece silenciosa ante mis huellas. En la ausencia de su voz, me trae la certeza  de que de nada sirve el adiós al amor.  Siempre nos regresa el amor, a él volvemos. Tras cada adiós, buscamos de nuevo al amor, pretendemos ser amados, nuevamente. Y aún así, creemos que nos despedimos y fragmentamos los afectos y los vínculos. De nada sirve el adiós. El amor nos regresa, a él volvemos. Se prende en otro cuerpo, se acoge a otro nombre propio, distinto cada vez que nuevamente amamos; se viste de otra piel; se expresa en otros labios; se humedece en otra lengua y en la conjunción con otro sexo; se duerme en otro abrazo, diferente, inesperado. Creemos que nos damos el adiós cada vez que finaliza el amor, pero no sirve el adiós: él nos regresa y nos lleva a otro amor que no negamos. Buscamos el amor desde que en nosotros lo sentimos por primera vez, la vez primera.

Hoy, la playa se extiende como lo hace mi memoria: en ella caben todos los nombres que existieron, las formas que tomaron el amor y el adiós, como dos aristas inseparables. Hoy he hecho las paces con el amor y el adiós, con las ausencias, con todos los nombres y los abrazos que trajeron,  con cada una de las pieles que han construido mi piel y mis silencios. Transito por ellos como avanzo, sin sentir la soledad,  sobre la arena.

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