EROS Y PALABRAS by Pura María García

VENTANAS

BY AKKRAUS

BY AKKRAUS

Empieza a atardecer. Se desliza el día como si un extraño y sutil velo hubiese decidido cubrir las horas que restan para que el domingo finalice y guarecer la intimidad de todos nosotros, los habitantes de esta ciudad que un día tuvo nombre.

Cada uno habita un espacio distinto, un fragmento de realidad física que nos marca y que incluso nos distingue de aquel que convive con la ciudad, en otro lugar de ella.

La tarde creciente trae consigo una lluvia liviana que ninguno de nosotros hemos presentido. Se percibe en las calles cierta humedad que debería haberla anunciado. El sol, sin embargo, ha sido cómplice de la sorpresa y durante toda la mañana ha brillado con premeditación para que nadie adivinara el baile de gotas acuosas que se anuncian tras unas nubes que han empequeñecido la belleza del firmamento hoy.

Tengo calor y apenas voy vestida. El verano me acerca a él pero me aleja de la ropa, de las vestiduras que me envuelven en otras épocas del año. Mi cuerpo se niega a sentirse ceñido por una blusa o un cinturón. Incluso mis pies se rebelan a percibirse anudados a unas sandalias. Hoy están descalzos, los siento vivos especialmente cuando caminan por el suelo y descubren la frescura que él, involuntariamente, emana. Desearían caminar y alejarse, puedo sentirlo, para regresar después, cuando la noche sea una realidad y el atardecer únicamente un recuerdo. Saldrían al exterior, dejarían tras ellos la puerta y tomarían el camino distinto que nos lleva a las cosas y las personas que nos esperan tras el adiós, tras ese tipo de alejamiento que no es una huída sino un viajar a otros lugares y corazones.


La tarde va sucediendo y la lluvia, apenas anunciada, se hace más real y se condensa en porciones líquidas, cada vez más gruesas y definidas, transformadas en anotaciones que el cielo  pretende dejar en nuestra piel cuando caen sobre ella, en las casas, en las aceras transitadas, en las solitarias esquinas y en los callejones que apenas son visitados.

Me levanto del sofá, en el que mi cuerpo está tendido, ante el ruido perceptible del aguacero inesperado que está mojando el exterior y me aproximo a la ventana. Intuitivamente, antes de tomar entre mis manos sus dos hojas de madera, levanto mi vista y la fijo de un modo inconciente en un punto más oscuro que se enfrenta a mis ojos. Se trata de una ventana, más pequeña, en la que aparece, súbitamente, la silueta carnal de un hombre. Está lo suficientemente cerca de mí como para distinguir la parte superior de su cuerpo desnudo. El calor  que agosto todavía le permite a los días de este septiembre de transición nos incita a la desnudez y a cierto abandono.

Es un hombre joven, de piel oscura. No puedo adivinar el color de sus ojos, pero sí su forma y la expresión que los inunda después de ser conscientes de mi presencia, al otro lado de él, formando parte de otra de las  ventanas de la ciudad. Las miradas, las dos, se cruzan demorando el instante en que han de volver a ser distintas. Se recrean, parece que sin prisas, en observar el rostro del otro.

Me gusta su expresión, parece sonreírme con la voluntad de alguien que realiza un acto intrascendente pero otorgándole la importancia de los pequeños gestos que nacen desde la libertad.

Soy yo, después de que él me busque con sus pupilas, quien le sonríe abiertamente. Nos miramos, estamos observando nuestra reacción, la postura de nuestro cuerpo y el mismo cuerpo. Repaso su torso desnudo con mis ojos. Es extraño,  pero no me importa que descubra mi descaro. Encuentro tan natural responder a sus gestos que los míos adquieren una espontaneidad clara, evidente.

También él me escruta. Supongo que intenta imaginar la parte de mi cuerpo que está apenas cubierta por el blusón transparente de lino negro que la cubre.

Sus labios parecen entreabrirse, como si desease hablarme desde la distancia casi virtual que nos separa. Me gustaría escucharle tras su sonrisa, percibir su voz, saberla y sentirla ¿por qué no?

El atardecer, por un instante, detiene su crecimiento y desaparece para que este desconocido y yo juguemos a mirarnos y a sugerir lo que sabemos que no vamos a convertir en realidad.

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