EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA VOZ DE LA PIEL

SKIN by MECHAN

SKIN by MECHAN

La piel tiene su propia voz, la forma innegable con la que se expresa a través de un diccionario de palabras impronunciables que se va construyendo a lo largo de la vida.

Así es también mi piel, una edificación que se levanta sobre mi cuerpo,  a pesar de sus cambios y la fisonomía trazada por la sucesión de los días y los años, mezclándose con mi esencia inmutable para poseer mi identidad y definirla. He conocido su profundidad y sus límites con cada caricia que han extendido otras epidermis en ella. Otras manos me han hecho percibir la diferencia entre el roce liviano e incitador, aquel que provoca el pensamiento mientras adormece ligeramente la piel, y la caricia intencionadamente intensa que persigue la excitación y la metamorfosis  de la túnica corporal, para convertirla en un velo que nos cubre, pero que desea ser desnudado por el deseo.

Mi carne reconoce la textura del tacto vacilante, pudoroso, el movimiento inicial de los dedos, explorador de la carne y sus recodos, el que se produce mientras la mente deambula entre los remordimientos, la interrogación, la medición del riesgo y las sombras que los labios de la hipocresía han dejado en nosotros. Es anunciadora de un ritmo previsible que ascenderá y deshará los prejuicios, convirtiéndolos en ansía desbocada que se interna en nuestra voluntad y la hace suya.


Muchas manos se aproximaron a mis contornos con la dulzura de la primera vez, del buscarme la piel para hallar quién soy y  asomarse al  interior que se escapa de poder ser poseído, sabedoras de que no se alcanza jamás el espíritu inescrutable que nos forma, que no es posible aprisionar la libertad más íntima del otro, ni siquiera con un caricia prolongada.

Otras llegaron a mí de un modo inesperado, sin ser anunciadas por palabras o gestos. Recorrieron mi silueta y su envoltura con urgencia, con la premura que poseen las manos que saben de antemano que cada anatomía es un recodo de un camino que no tiene horizonte, que no ha de acabar nunca. Ellas visitaron mi carne, la poblaron de roces pequeños que no dejaron más huella que su huella, fragmentada en aleteos de una bandada de aves que quebraban el cielo,  conscientes de que nadie esperaba su regreso.

Hubo caricias que empezaron tras el fondo sugerente de una palabra, situada en el lugar exacto de la voz, alcanzando la diana de la emoción y el paraje donde el sentimiento reside y se recrea. Fueron contacto y significado, luz creadora que sacudió mi pensamiento y lo alcanzó, con la precisión de lo que nunca puede olvidarse.

Las manos, todas las que fueron y las que son todavía, también aquellas  que aguardan al abrigo del azar que el destino atesora, juegan a hacer malabarismos carnales sobre mi cuerpo y la túnica porosa que lo viste. Algunas, desde el presente encendido y luminoso, son recordadas cada día. Permanecen en un lugar diáfano, a la espera de que mi envoltorio vital  y su recuerdo las invoquen y regresen, en forma de un pequeño escalofrío, un instante rememorado, un aroma que ellas escondían o del que estaban ausentes.

Otras tienen el valor de haberme construido, de ser en mí pauta imborrable sobre la que han crecido mi alma, mis incógnitas y los sueños que todavía me provocan.

Os siento, a cada una de vosotras. Os adentráis, en esta tarde de septiembre, en mi soledad buscada, desplegáis vuestra esencia de libertad, me acompañáis de tal forma que la nostalgia es únicamente un tránsito hacia un nuevo encuentro. También ellas esparcen tu recuerdo, dilatan el espectro de tu nombre, el que ocupa mi saliva desde que existe sin el agua de tu lengua.

Hoy, te pienso. He empezado a recordarte, al igual que se sienten los nombres que tejen la urdimbre del pasado de cada uno de nosotros. Tus caricias, aquellas que siguieron a tu primer abrazo, como una rubrica de roces que afirmaban las certezas venideras, han acudido a mí, en desbandada indómita.

Hoy, con la distancia que trae el tiempo que convierte unas manos en un ayer intraducible, sé que no era mi piel lo que anhelabas cuando deseabas rozarla. Buscabas el sabor de la caricia esencial, la que ninguna mujer te ha dado todavía, la que persiguen tus manos desde que intuyeron el amor cuando el amor no era sino un sueño alcanzable. No era  a mí a quien besabas en mis labios: era la boca del amor la que deseabas. Rozabas la extensión incandescente de mi espalda desnuda y de mis brazos, friccionando su superficie, convertida en una bienvenida, con tus manos. Nos mirábamos con los ojos sonrientes, deteniendo cada segundo antes de que expirara su caducidad indeseada. Intentábamos mezclar la esencia de la intersección de nuestra carne, sus voces distintas, en un solo sonido interpretable. No anhelabas mi epidermis No era a mí a quien amabas. Pretendías alcanzar la envoltura del amor esencial, el que no tiene iniciales ni nombres propios que se escriben, sino el que se repite, como un sueño precioso, en cada una de las identidades a las que amamos.

Eso, hoy lo sé, ya es suficiente.

Hoy, te pienso. Te recuerdo en esta tarde sin grises que trae los últimos latidos del verano.

Ahora que mi memoria aviva el pasado, me reconozco tan similar en ti que, a duras penas, distingo mi piel de la tuya.

Hoy lo sé: ambos nos dimos mucho más de lo que nos entregamos.


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