EROS Y PALABRAS by Pura María García

EL DESPUÉS DE TU ABRAZO


Desciendo del coche y cierro la puerta sin dejar de mirar al otro extremo de la calle. Espero tu llegada.

La ciudad se empequeñece, se hace concreta y pierde su amplitud al conformarse con existir en los metros que me rodean, los que forman el espacio que han de alcanzar tus pasos cuanto tu presencia sea real. Te espero a lo largo de unos minutos en los que mi respiración en nada se parece al aliento sereno que también me haces sentir después de hacerme tuya.

La gente, con rostros, sin nombres y apellidos, salpica la calle de pasos. Mis ojos te buscan en sus siluetas durante breves instantes que se quiebran al no reconocer tu piel en ellos. Nadie eres tú. Ninguno de ellos toma tu cuerpo. No hay rostro que sea tu identidad. Mi mirada intenta verte en ellos, aún sabiendo que no son ellos quien tú eres.

Comienza a dibujarse el perfil de tu cuerpo en la distancia próxima. Tu sonrisa es un signo inequívoco que incita a mi corazón. Te espero y llegas. Te aguardo y eres tú quien da a la ciudad su sentido más intenso. Llegan tus ojos concisos, tu caminar agitado, la abertura justa de tu boca al pronunciar la primera palabra. Llega tu abrazo, la forma en la que mi cintura se adapta a tus manos y tu cuerpo recibe mi latir inicial. Te siento en él, en la conjunción de mi pecho con el tuyo, en el perímetro carnal que dibujan tus brazos. Te espero y has llegado. Aconteces en mí, de nuevo, sin pretextos.

Sin dejar de aproximarme a ti, me susurras y me explicas cómo deseabas regresar a mi cuerpo, qué perdido estaba el tuyo sin el mío, cómo el deseo de mí ha hecho de ti su paisaje cotidiano.

Dejas el primer te quiero ondeando en mi rostro, acompañado de un ven que precede a la fuerza con que tu mano busca la mía para comenzar a caminar. Tu mano es la misma ciudad, la misma calle que recorremos con nuestros andar convencido.

Es aquí, me dices. Señalas una puerta de madera que no es sino el límite que va a separar la ciudad de nosotros. Mi cuerpo se agita al presentirlo, al sentir tu agitación, también creciente y presentida. Abres la puerta y me das el paso para que ante ti ascienda al lugar que has elegido para nuestro encuentro. Los escalones son signos suspendidos, recónditos puentes que ahora se muestran accesibles para que seamos una intersección de fuego y carne. Los escalones son retazos de lo que dejamos atrás para hallar nuestro lugar en el futuro más cierto. Los escalones son, sólo son, se suceden a nuestro paso y somos nosotros quienes les dictan su existencia, breve y transitoria, antes de que les abandonemos, mientras les damos la espalda.

Una nueva puerta franquea el instante en que nos tomaremos la piel, el sexo y nuestro cuerpo, en el que el uno se difuminará en el otro, sin borrar las líneas que nos definen. La abres y abres, con ese gesto, la luz más clara que el alba podría traernos. La abres y te abres a mí, como un ave intrépida que aleja el temor a los temores y se afianza en su vuelo ante el mundo impasible.

Te deseo, me dices con tu boca y con tus manos. Trepas por mi pecho y haces nido en mi cuello con tu lengua excitada. Recorres mis hombros y retiras mi blusa hasta intuir la piel blanca que los cubre.

Te deseo tanto, me dices con los ojos encendidos, alejados ya de la añoranza que mis ojos han dejado en ellos en los días de ausencia, en el tiempo vacío de nosotros. Me alejas de tu cara para contemplarme. Déjame mirarte, me pides con un gesto de tus ojos. Ellos también desean penetrar en mí, reconocerse en la imagen que de ellos ha construido el tiempo indefinible que ya hemos compartido.


Te amo, me repites, con sílabas de besos encendidos. Te amo como se ama al último sueño, al amor descubierto, al cuerpo que se necesita para sentirsee cuerpo. Mi silencio se llena de respuestas. Tú las sabes, reconoces mi amor y mi deseo en cada uno de los movimientos de mis manos. Te busco los labios con mis labios, encierro el aire rebelde y lo  aprisiono para que tu respiración se acoja a él y se haga aliento. Te amo tanto, te digo con mis dedos. Y mi lengua te escruta y te incita al beso más profundo.

Espera, pronuncio lentamente.

Al compás de tu mirada, interrumpo el existir de los botones de mi blusa. Pareces suspendido en el penúltimo de ellos, tan alejado de la realidad que te asemejas a un sueño que se sabe alcanzable. Mi blusa se divide como ventana inmensa y tus ojos pretenden, dulcemente, asomarse a ella y construir un paisaje en el que solo tú y tus manos seáis los únicos habitantes. Detrás de mí, la superficie roja de la barra que separa la cocina del salón, se convierte en sábana diáfana, mar incitante, un ven sin sonido que me invoca. Me sitúo sobre ella, permitiéndome la excitación creciente que trae tu presencia y los presagios de ti y de tu sexo. Mi falda asciende por mis piernas, acompañándome el gesto, y deja al descubierto el encaje de las medias que abrazan mis muslos. Tú quisieras ser tejido y rozarme la piel con lujuria y ternura, acariciar la antesala de mi pubis, el camino sinuoso que te llevará inevitablemente a mi sexo caliente antes de que lo conviertas en agua única acogida con tus labios y tu boca. Separo mis muslos, sin pudor, para que intuyas de qué forma se sujetan mis medias a mi cintura, cómo me rodean. Tu mirada se detiene en el tejido negro que asoma entre mi falda.

No puedo desearte más, me dices mientras tus dedos inquietos y excitados separan mis ligueros de la piel que frágilmente separa mi cuerpo de tus manos. Son ellos los que inician una danza única y precisa. Son ellos los que se mojan con mi humedad y restauran el agua que el deseo provoca en cada parte de mi cuerpo anhelante. Son ellos. Eres tú. Es el amor que se trenza con el sexo, con la voluntad de poseernos, el ansia de penetrarnos la carne, el sentimiento.

No puedo desearte más, me repites mientras tu boca es ya mi boca y tu lengua me recorre como el escalofrío más intenso.

No te demores, hazme tuya, te responde mi voz con mi silencio. Y el mundo no lo es, la realidad se pierde, el tiempo se descuenta del futuro cercano y nuestro amor, como marea profunda, nos agita la carne y nos induce al silencio más carnal de nuestros cuerpos.

La canción expresa, como mis palabras, lo que me haces sentir…Abre el enlace y escúchame, escúchala…Marisa Monte: EU TE AMO, TE AMO, TE AMO

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