EROS Y PALABRAS by Pura María García

UN DÍA FUERON LAS PIEDRAS…

STONES BY RAIMÓ

Las piedras son ventanas, clavadas a la piel de un lugar mientras duermen para no ser conscientes de que su destino es la raíz de una tierra inmutable. No nacen. No mastican. No sienten hambre. No resucitan, ni tan solo lo desean.

Yacen, como la espera en la noche, navegando en un mar sin agua que nunca finaliza. El tiempo es su cráneo visible. Nosotros, los hombres, anduvimos sobre ellas cuando fueron arena disgregada, vida tras la destrucción de los días semejantes.

La leyenda reitera su expresión para contarnos que una mañana, sobre el costillar de un enorme  montículo, regresado del vientre de la Tierra tras haber fructificado como terremoto encendido y despiadado, un azaroso latido de lo Invisible empujó las ventanas de arena del planeta.

El desierto, contenido y conjugado con la paciencia de los vientos temerosos, abrió su entraña sin alrededores  y dejó de sostener la inmutabilidad de la dorada arena en la que habitaban, hasta entonces,  retazos de latitudes incognoscibles y distantes, partes disgregadas de paisajes quebrados por los alisios, supuestos enclaves que aguardaban un nombre para ser.

Fue el Sol quien se encaramó al punto superior del mediodía, dejando a un lado su inacabable obligación de señalar, con su muerte, el punto cardinal que incluso las aves conocían. En hora incierta, el caudal de pasión del firmamento airado desmadejó su esencia y parió livianas, pero infinitas,  intenciones que tomaron, al abrigo de la Naturaleza inquieta, presencias que resonaron en el tambor magnífico del cielo blanquecino. La incierta Tramontana susurró con potencia los designios de las cumbres, el viento Gregal deseó acariciar la verde piel costeña de las islas…

La cuna donde el aire se mecía, con diferente ritmo y melodía, balanceó su llanto. Cada gemido fue un viento que tomó laq vida de una parte de la lágrima gigante del estelado cielo: la dulzura de Siria y sus designios abrazó el primer murmullo del Siroco naciente; en el seno de Trípoli, en sus calles doradas, el Lebeche fingió retardar su expresión etérea y bostezó, sin aparente rumbo, para agitar los horizontes que habrían de dibujarse en un futuro incierto. El Maestro del aire dictó su voz precisa, convertido, en aquel día, en leve azote sobre la piel de Roma: Mestral, lo nombraron aquellas  bocas conjugadas.

Estando así todos los vientos, acunados al resguardo de la incerteza del Tiempo, que moría y nacía de las mismas manos inconclusas, sintieron la punzada de la pregunta máxima: ¿Cómo podrían sentirse diferentes sin acariciar la piel hermosa de la tierra? ¿De qué forma se convertirían en eternidades momentáneas, efímeras pretensiones, si no era dejando su presencia en la memoria del suelo del Planeta?

Hasta la Caverna de los Mitos llegó la interrogación incontestada del aire. Subyugados por el timbre melodioso de la voz que respaldaba a la pregunta máxima, los mitos recobraron su garganta y se expresaron, agitando primero, el  vientre del día con su dedo poderoso. Prepararon un cofre de invisible materia para que Eolo agasajase, como contaron  los labios de la leyenda, a las intrépidas almas que jamás renunciarían a hallar una Penélope  en su espera, un sueño que aguardaría siempre a ser cumplido o la espalda silenciosa de la penúltima quimera. Llevado por el anhelo de soñar con el regreso, Ulises destapó el arcón donde yacía, en la serenidad, una innombrable fuerza, desconocida hasta entonces por  nautas y sirenas, los pájaros y  monstruos de las aguas. El aire escampó su contenida espuma y convirtió cada célula etérea en un viento afirmado, en caudal invisible y poderoso.

Fue aquel día en que cada viento encontró un punto cardinal donde habitar, cuando los vientos iniciaron, sin saberlo, su transcurso cadencioso e irremediable, la evidencia de que hay destinos innegables y marcados, inesquivables finales sin principio.

Después de centenas y decenas de minutos estelares, extensos agujeros temporales de incomprensible tiempo, los vientos desearon ser más que un hálito de los mitos dormidos. La pregunta máxima apareció tras un giro de luz del rayo melancólico del Sol: ¿Cómo podrían sentirse diferentes si no era acariciando la piel hermosa de la tierra? ¿Sería cierto que se convertirían en eternidades momentáneas, efímeras pretensiones, si dejaban su presencia en la memoria del suelo del Planeta?

La redondez de la Tierra se estremeció ante la curiosidad de los vientos despiertos y señaló con un torrente de lluvia, acaecido en el los parajes de su norte más extremo, a las almas compactas que la cubrían. Eran las Piedras, yacentes identidades, quienes podrían testimoniar la presencia de los vientos y su voz renacida. Lo Invisible abrió las ventanas del Planeta, aliado con los brazos agitados del aire. Los vientos acariciaron, cada uno con ritmo diferente, las piedras que dormitaban su silencio. Besaron su piel clara y concisa, la luz reflejada en sus no-aristas, corrieron por el cielo hasta hallar el Gran Desierto y llegar a él con su imprevisto aliento.

Desde entonces, los vientos juguetean con las piedras, les hablan, en la noche de las noches, con palabras de materia incomprensible, disgregan su corazón hasta dejar su latido convertido en arena luminosa. Cada piedra, en justo acto de respuesta, detiene su ser y se estremece, aunque no la escuchemos, cuando el viento le susurra los secretos del aire y sus temores.


2 comentarios el “UN DÍA FUERON LAS PIEDRAS…

  1. Concha Huerta
    agosto 24, 2010

    Descubro este texto tuyo cargado de fuerza inmutable de las piedras, testigos de gentes e historias, inamovibles hasta que alguien las atrapa. Muy bellos. Enhorabuena.

  2. pura maria garcia
    agosto 24, 2010

    Muchísimas gracias por tu tiempo y tus palabras. Bienvenida, también, a este cúmulo de piedras y alma, de sentir y arena que es este blogg.
    Un abrazo

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