EROS Y PALABRAS by Pura María García

ATAJO AL PARAÍSO (1a PARTE)

Manhattan estaba cubierta por la niebla liviana que algunas mañanas nos hacia desistir de sentir cierta felicidad o, al menos, alguno de sus sinónimos. Era temprano, también para el amanecer, rezagado entre los inicios de las calles.

El coche protestó, a su manera, cuando forcé el arranque. Esa era, en realidad, la vida de casi todos los objetos que me rodeaban. Podía resumirse en el estado comprendido en un paréntesis entre dos extremos reiteradamente iguales: esperar a que yo les hiciese funcionar y aguardar, por otro lado, a que mi voluntad se impusiera a su intención y les sumiese en la latencia más absurda.

Un letrero altivo indicaba el punto de partida del trayecto que me conduciría hacia Kansas: 85th St. Tranverse.

Siempre que iniciaba un viaje recordaba a mi padre y a la forma en que, impulsivamente, nos sorprendía cuando decidía, sin tener en cuenta más que la necesidad dictada por su asfixia vital, coger el coche y marcharse de nuestra casa. Nunca sabíamos hacia dónde se dirigía, ni siquiera por cuánto tiempo deberíamos echarle de menos y esperar a que franquease la puerta de metal blanca de nuestra casa. Mi madre lloraba en secreto, un día tras otro, hasta que de imprevisto, el claxon de su coche avisaba de su imprevisto retorno.

El humo de los automóviles que circulaban por Holland Tunnel embriagó el aire de tal forma que el recuerdo de la niebla de la ciudad que quedaba atrás era únicamente eso, un recuerdo. Supongo que cuando nos alejamos de cualquier lugar, nuestra mente tiñe con un extraño velo de romanticismo cualquier detalle al intuir que es cuestión de horas o días el que se transforme en un retazo de memoria.

Fue en la bifurcación de la salida 52 de la autopista a New Kingston/Middlesex , tras un tiempo que me pareció interminable, cuando decidí detenerme para ojear, una vez más, el mapa de carreteras que había estado desplegado sobre el asiento que había junto al mío. Hace algún tiempo que había dejado de parecerme patético que el llamado asiento del acompañante fuese en realidad, el asiento de la soledad, de la mía y que, en lugar de un alguien con nombre, fuese un mapa, el mismo siempre, quien lo ocupase. Un mapa te invita, en realidad, a abandonar tu pasado y el lugar que es tu entorno, te hace fácil creer que es posible alejarse de ti mismo con solo seleccionar el nombre de un destino y seguir, cuadrícula a cuadrícula, el camino de color que él te indica. Un mapa, en realidad, es una mentira piadosa en la que no es difícil creer, un embuste más en este mundo de mentira.

El papel gastado indicaba que no muy lejos de aquella salida había una gasolinera y un área de servicio, con un motel de nombre largísimo, pero al parecer interesante: SHORT-CUT TO THE PARADISE, ATAJO AL PARAÍSO.

El hombre que estaba en tras la pequeña barra verdosa del motel levantó su mirada para escrutarme con detenimiento antes de saludarme sin ningún tipo de emoción. Me entregó la llave de la habitación, la 138, una toalla y una biblia cuyas tapas estaban sorprendentemente nuevas. “Hemos desratizado las habitaciones hace unos días y todavía no hemos tenido tiempo de colocar las biblias en las mesas de noche”. No dejé asomar la ironía que me hizo pensar que, tal vez, aquel hombre de barba pobladísima y cana, suponía que el veneno destinado a aniquilar roedores podía eliminar las huellas de ese dios en el que se suponía que cualquier viajero debía creer y al que obligatoriamente tendría que recurrir después una parada, una ducha y, probablemente, antes de intentar coincilar el sueño.

El paraíso, ¿por qué todo el  mundo daba por hecho que uno había de desear alcanzarlo?

La habitación estaba en la parte exterior de la recepción del motel. El hombre con barba me abrió la puerta para indicarme dónde dormiría aquella noche.

Caminé unos metros sobre una senda artificial construida con tablas de madera que, muy probablemente, habían tenido en un pasado no muy lejano un color agradable y brillante, distante a la coloración envejecida y mate que ahora las cubría. El suelo respondía a cada uno de mis pasos con un curioso sonido que traducía el irregular crepitar de la madera, venciéndose ante la presión involuntaria de la suela de mis zapatos. No giré la cabeza, pero habría asegurado que el hombre de la recepción se mantenía apoyado en la puerta, observándome con fijeza, para asegurarse de que introducía una de las dos llaves que me había entregado y, finalmente, entraba en la estancia situada junto al número 138.

Abre el siguiente  enlace para escuchar y descargar  la canción que acompaña al relato:

bob dylan subterranean homesick blues

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