EROS Y PALABRAS by Pura María García

CAYERON RENDIDOS LOS ESPEJOS

MARK ARBEIT

Cayeron rendidos los espejos cuando la galaxia encendida de tus manos se deshizo en mi vientre. Ascendieron, inclinadas sobre mí, rezumando la intensidad que atesora la carne que anhela ser acento en lugar de un punto suspensivo. Se encendieron las olas de ese mar al que nadie jamás acercó sus naves sino en sueños.

Blancas, agitadas, hermanas de la lava que las montañas rebeldes escupen por su cráter insolente, las olas se encendieron y avanzaron, por mis pies expectantes, por mis muslos mojados por la niebla del tiempo en que habían aguardado tu regreso. Presenciaron mis caderas el vaivén de tu silencio, ahora voz que clamaban tus dedos: “Dame el cobre invisible de tus pechos, irisa la aureola de su esencia, conviértelos en aurora perdida que hallarán mis labios cuando empiecen a libar, en secreto, la distancia precisa entre mi lengua y tu cuerpo”.

Se encendieron en mí, como una gran estrella, todas las formas todas del deseo. Se abrieron las amapolas únicas y los aromas que las flores cerradas esconden tras sus hojas, a la espera del fuego de la boca, como un río desangrando su caudal para vaciarse de la noche y, en la noche de tus labios, ser llenado por tu sexo, por tu piel, por tus silencios, por esa palabra ausente de palabras que nadie conoció hasta esta noche.

Ven, le susurraban las estrellas a mi carne. Ven y sé, amor, el hambre destinada al ancestral deseo de nutrirme el alma y los anhelos. Déjate mecer como los pueblos bailan entre el viento estacional que les sorprende y fértil invade sus aceras de piedras. Dame las desdichas que te ocupan, entre el ayer y el alba, para romper con ellas la mentira que crece bajo el nombre de las patrias. Sé carne sobre la carne mía, caricia que nadie intuye cunado tus ojos blancos se convierten en el fondo de mis ojos.

Era de noche.

El viento regresaba como un caballo alado, al galope en el rumbo de lo oscuro.

Frente a mi frente estaban tus respuestas. Sobre mi pubis, la serpiente rendida de tu lengua. Ardían las estrellas y las lunas. Tú y yo, ardiendo también entre sus huellas.

Un instante bastó para ser uno ante el gemido nuevo del encuentro. De tu cuerpo, mi cuerpo era la luz, rodeándote sin calma la innumerable lluvia que manaba de tu sexo, agua marina y blanca, denso fondo de algas y de besos. Como si cada vez que, en mi cuerpo, tu cuerpo me quemara, como si cada vez fuera el mundo quien no existe si me tomas, como si cada vez recibir el océano increíble de tus gestos, más alla de delirio, fuera la permanencia inacabable de los sueños.

Porque cayeron, como cada noche que sucedes, rendidos los espejos. Admirados al ver que nos fundimos, que nos quema, como la arena antigua, el hambre por el otro que sentimos.

Así, sacudida la piel cuando nos damos, se adormeció, esperando de nuevo que volvieran tus labios por el cielo de mi cuerpo, a recorrerlo.

mendelssohn. concerto violin

2 comentarios el “CAYERON RENDIDOS LOS ESPEJOS

  1. Roberto
    diciembre 2, 2010

    me recuerdas versos de los místicos; precioso…

  2. Daniel
    diciembre 8, 2010

    Clara y provocativa, como la vida misma.
    Cariños

    Daniel

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