EROS Y PALABRAS by Pura María García

CAMINOS

CAMINOS by PURA MARÍA GARCÍA

 

“Así fue:

no sé cómo

se me paso la vida

sin aprender, sin ver,

sin recoger y unir

los elementos”.

(…)

Pablo Neruda

LAS MANOS DEL DÍA

Nada es vano. Los caminos a decenas que cubren la existencia así lo enuncian en cada recodo que nos muestran. Son titulares los nombres de los días con los que se engalanan, cada camino es un posible descenso al pozo oscuro de un acto que encadenará la lágrima al silencio o un quizás a la sonrisa y a sus labios.

Recuerdo, hoy como nunca, los trazos que dejaron los caminos que deseché, a un lado de la razón justificada y el argumento de cobre con que la lógica ciega parpadeó incesante. Y como nunca, ante la puerta inmensa de la que nacen todos los caminos, me detengo a buscar un porqué suficiente para emprender los pasos que sobrevivan, azules, a todas las respuestas.

He caminado sobre las paredes de habitaciones cerradas con candado, contando los alientos que hacían falta para golpear esos muros y desvestir la prohibición, dejar desnuda su piel claveteada a la cruz de la distancia.

He caminado bordeando el ayer, a medio camino de la memoria alzada y el presentir el error que nos trastoca el destino y su silbido.

Trepé la senda vertical, que recorre, una a una, las vértebras de la culpabilidad que no es posible silenciar sin cerrar eternamente los ojos sin pupilas.

Anduve por las blancas mañanas de cuerpos ausentes de su alma, de anunciadas euforias que estrellaban firmamentos irreales. Caminé , muy próxima al farsante y aprendí, de su equipaje ámbar, las heridas que la mentira deja debajo de la piel, como granizo asolador de un campo de cerezas.

Primaveras. Otoños en los que el aire jamás durmió. Pecados, los propios, los ajenos. Junto a todos ellos emprendí caminos bien distintos, bordeados de límites absurdos, ahogados en impuestas sequías, en frases interminables que jamás regresaron por que sus sílabas vacías volaban como cometas blancas entre el vendaval del sinsentido.

Anduve por veredas que ni siquiera mi corazón nombra a escondidas. Atravesé el campo yermo de las manos vacías y fui, nunca he podido perdonármelo, vacías manos también para otros dedos que en mí buscaban un refugio que la mar abisal  de la indiferencia anegó bien pronto.

Caminé y hallé colores, estrellas, albas exaltantes, caricias irrepetibles como puntas de lanza que no hieren, en caminos que se deslizaban por el mundo, colgados de un encuentro, de un cruce de miradas, de un verse sin mirar más que a unos labios.

Mis pies son hebras asidas a la aguja de las huellas, adictos al camino del camino que reemprende, sin descanso, convencidos de que es tan eterna la senda que el final es imposible. Así abro, con la llave de los inicios nuevos, un camino con cada respiración que exhala mi corazón exacto, convencida de que detenerse es perder los motivos para temblar y desear ser luz, en la vela del alba.

No temo más que el oscuro camino que conduce a los días sin besos, a las mañanas donde vencen las preguntas a los labios, a las tardes sin sol y sin caricias…

No temo más que a las sendas escondidas en el interior incomprensible donde no se recibe, donde cabe pedir una mirada a unos ojos, ya extraños; donde un hoy no tiene más mañana que la cabeza anulada del futuro; donde se olvidan los inicios de los versos y no cabe más estrofa que una pared y una puerta, separando dos almas que fueron, en un tiempo, solo una.

No temo más caminos que las veredas angostas, pobladas con las piedras del castigo insolente del caminar insonoro de la indiferencia, la cantoría repetida de estrellas que, aunque brillen, en el cielo común no se divisan.

Temo caminos que no lleven más que al laberinto del anuncio de un pedregal sin lindes ni fronteras. Y, aún así, las balas del temor no me hieren los pies de caminante convencida, traspasadora tenaz de los desiertos llenos con las emboscadas del alma y los sentidos.

No cesaré de caminar, venciendo al inútil cansancio que, como trampa negra, el camino incesante sitúa frente a mis piernas de funambulista de la vida.

Será, en mi epitafio, nacido y fallecido, el penúltimo camino que recuerde: “Pereció la viajera, sus huellas y sus ropas. No descansa, ni en esta caja de recuerdos, ni en ningún otro lado conocido. Pereció la boca sin descanso y el dedo apuntador a la diana loca de las palabras vivas. No creáis que ahora yace, en medio de esta sábana sin color, forrada de madera. Os engañó de nuevo: ella continua cercando, incansable, caminos y senderos”


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