EROS Y PALABRAS by Pura María García

EL ESPEJO

 

FOTOGRAFÍA 1 de HANS

Este relato es fruto de un reto y de unas fotografías, muy bellas.

Cada palabra transfigura una realidad que, en el fondo, es una imagen, una irrealidad.

Gracias  Hans por tus preciosas fotografías.

 

La mirada al reloj, convertida en una contraseña infalible. Un instante confluyente. La garganta reseca, no  por las palabras pronunciadas sino a causa de la densidad única del silencio mantenido, domando la voz hasta acallarla, como atándola a la nada con una soga gruesa. La mano sobre el tirador de la persiana, para dejarla resbalar, bruscamente, después de haber cerrado con las manos nerviosas los dos ventanales de aquella habitación en la que él pasaba, cada día, cinco horas multiplicadas en minutos imparables. El teléfono, enmudecido por un tiempo al apartar el auricular del soporte y alejarlo como quien aleja una pesadilla de su mente. La agenda, cerrada, ajustada al espacio determinado de la mesa que le correspondía. Cada luz, extinguida artificialmente, del mismo modo que las fallecidas estrellas erráticas se postraban en el firmamento tras haber dejado de existir con la anterioridad del bucle del tiempo. Todo en orden. Dejado el espacio y el paisaje de la sala en un stand-by extraño y, a la vez, lógico.

Hans determinaba el antes y el después de su vida repitiendo, cada noche de viernes, los gestos y actos secuenciados, encadenados irremediablemente unos a otros, eslabones de acciones desencadenantes de una única rutina. Cerrada, finalmente, la puerta de la habitación. Los ojos dirigidos, por última vez, a la placa de color bronce donde su nombre, reducido a unas iniciales, precedían la palabra que a los ojos de todos le definía: H. M. G. Consulta de psiquiatría.

Desanudada la corbata. Aligerados los pulmones. Respirado el aire, a golpes, deseando recuperar el aliento que no había podido liberar mientras uno tras otro, los pacientes invadían, con amabilidad o agresividad, su consulta. Ahora, sellada la puerta que dejaba tras ella horas de silencio y escucha, de interrogantes merodeando su garganta, asesinados ante las continuas preguntas y explicaciones inconexas de los pacientes, rodeados de su propia angustia y sus temores más íntimos, Hans abandonaba un yo que detestaba, un alguien que tomaba su piel y su alma, por unas horas, raptándole su verdadera identidad, si es que acaso la tenía.

Los zapatos señalaban, cadenciosamente, el decrecer de la distancia que existía entre la consulta y el hotel en el que, cada viernes, ocupaba una, la misma, habitación. Al acercarse al lugar definitivo, anhelado también desde su pensamiento, incluso el aire de la calle le parecía un símbolo de que, más allá del edificio que ahora parecía existir remoto, la vida era un inagotable suceso, el predecir de lo que no podía esperarse, de vivir, al fin y al cabo, un acto que huía de la definición y la palabra.

Nadie le esperaba. Nadie preguntaba. Nadie se dirigía a él con fingida alegría para darle una bienvenida que hubiera sido tan poco creíble como los amaneceres compartidos por quienes ya no se aman. Toqueteaba la llave que estaba en el bolsillo interior, un ojal grande, al fin y al cabo, de su pantalón de cheviot negro. Jugaba a rozar su superficie y, al hacerlo, arañarse con dulzura la carne cansada de la parte superior de su muslo derecho.

La moqueta del pasillo que conducía a la habitación 321 desperdigaba un aroma indefinible, intenso, más cercano al olor de una madera bañada en la clase de humedad que precede a la podredumbre lenta. Tres pasos. Un giro de llave a la derecha. Una pausa. Respirar. Entornar, por un segundo, los ojos y abrir, simultáneamente, la hoja de madera pesada de la puerta a punto de franquear, de un mundo extrañamente suyo, capaz de aislarle del resto del mundo y, sin embargo, acercarle a su propia realidad.

Extender la cortina pesada para cubrir la única ventana. Dejar, como cada viernes, una rendija entre la tela oscura y el marco de la pared, el intersticio de luz preciso para hacerle tomar consciencia de su yo más real. Limpiar, con un pañuelo de papel, el cristal, con minúsculos rodales oxidados salpicando su extensión, que se superponía al espejo que estaba situado, con precisión milimétrica, frente a la cama. Comenzar la transfiguración de su ser. Desdibujarse de quien no era. Alcanzar a su yo, sin el pudor que le atenazaba, cada día, la boca cerrada.

Se desnudaba con orden. Cada movimiento se acompañaba de un instante en que el pensamiento le asaltaba la mente, con rebeldía y le recordaba que, también cada día, debía pasar horas y horas escuchando e interpretando a los demás, metiéndose en su piel y haciendo suyo el nudo en el estómago de la ansiedad, las fobias, el temor y el dolor que constituían el envoltorio común de todos sus pacientes, mientras él se callaba y acallaba su propia inquietud, sus miedos, la invalidez que en muchas ocasiones le perpetraba el pensamiento.

Se desnudaba con orden. Dejaba, como un cadáver de tela, la chaqueta y la camisa, siempre oscura, sobre el lateral del sillón más cercano a la cama. Los zapatos, a un lado, casi debajo del somier, escondiendo su empeine en un escondite improvisado. Los calcetines, cada uno, doblados en dos, abandonados en el interior de los zapatos. Por último, el cinturón, resbalando por la cintura del pantalón. Desligándose de cada presilla y, finalmente, cayendo sobre el suelo. Los pantalones y la ropa intima, el tramo final del recorrido que le llevaba de sentirse a cubierto a percibirse un ser real, alejado del mundo de atención fingida, del caos, del estrás y del silencio que le hundían y clavaban al absurdo de su consulta.

La mano alcanza la copa de vino y la llena, sin premura.

La desnudez es sentida como una segunda piel que vibra al rozarla con su mano.

Tendido, sobre la cama, apartando ligeramente la colcha que la cubre. Tendido. Extendiendo quien de verdad es, quien él se siente.

Tendido. Observado por sus propia mirada. Advertida su piel, cada parte de su cuerpo, todos los recodos que, ahora, le parecen recónditos lugares de carne jamás advertidos.

Tendido. Buscando su reflejo en la superficie incapaz de mentir del espejo.

Buscándose. Hallando quien es. Hablándose con los ojos y las manos. Ausente de la realidad. Sin pudor. Sin miedo. Olvidando que, en unas horas volverá a la obligación de desconocerse para conocer al otro, a interpretarle , a ser un inquilino de su consciencia, un verdugo que dictará la sentencia de un diagnóstico preciso.

Pero no ahora, cuando el tiempo es el único visitante que le acompaña a sentirse. Se observa. Se contempla. Saborea la oportunidad de descubrirse, sin vergüenza y experimentar lo que otro experimentaría al intentar interpretarle.

La noche cae sobre la noche. Sus ojos se deslizan hacia el espejo. La felicidad, a veces, le parece un faro indestructible al que no es difícil llegar cuando se aleja la razón y, con ella, lo que es sentido como una tormenta.

 

 

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