EROS Y PALABRAS by Pura María García

62, 79, 81…

62.

79.

81.

Ordenó las tres notas, como quien baraja cuidadosamente una pila de cartas. De repente, sobre la mesa de color negro, apareció una cuarta nota: 38. Por un momento, detuvo sus manos, respiró, se cubrió la boca con la mano izquierda, apoyada sobre una de las páginas del periódico, y rehízo el orden que había creído definitivo.

No era la primera vez que, cuando las notas se superponían, sometidas al poder cronológico de los números, una de ellas aparecía, inesperadamente y hacía cesar el repetitivo ritual con el que se iniciaba, cada tarde, su trabajo.

Las cortinas estaban echadas. Eran inútiles centinelas que mantenían la semioscuridad en la que a él le gustaba hacer la única tarea que, paradójicamente, daba sentido a su vida.

Ojeó, una vez más, las notas y colocó, sobre las tres primeras, la nota intrusa, la recién llegada. 38. Demasiado pronto. Trató de imaginar los momentos finales, los penúltimos minutos. Siempre lo hacía. Reconstruía mentalmente una escena última, que variaba según el nombre, el sexo, la calle en la que estaba el domicilio y, obviamente, según el número. Lo llevaba haciendo durante los últimos 10 años, a diario, excepto el sábado y el domingo ¿Cuántas veces había pensado que era extraño que también la muerte respetase el fin de semana?

Pensaba en habitaciones semivacías, nunca de hospital, y personas rodeando a quien iba, muy pronto, a abandonarles. Visualizaba gestos, palabras ahogadas entre lágrimas y silencios, a veces más hondos que el llanto. Imaginaba el movimiento, o su ausencia, en los labios del cadáver antes de serlo y la agitación de las manos y el corazón de quien se acercaría a rozarlos.

Cada número provocaba en él una asociación de ideas y emociones. Olvidaba, premeditadamente, por ejemplo, agregar las notas en las que aparecía el número 89, la edad en la que su madre enferma y demente había fallecido entre el agua jabonosa de una bañera medio llena. Sentía predilección por los números pares, pero, aquellas cifras inferiores al número 30 le producían un desasosiego inmenso, un terror que solo era comparable a aquella habitación de la parte trasera de la casa de su infancia, la que su padre utilizaba para castigarle, rodeándole de la total oscuridad en la que cualquier ruido es un arma que desata el pánico.

Ni uno solo de sus conocidos –no tenía amigos, en realidad- había visto nunca con buenos ojos su trabajo. Él jamás lo entendió, aunque bien pronto decidió que era absurdo explicar que redactar notas necrológicas, ordenar y reseñar la muerte, le permitía vivir. Nadie lo intuía, pero imaginar el final de la vida de otros le ayudaba a no pensar en su final, esquivar el terror de imaginarse en el segundo en el que se desata la frágil cuerda que nos une a latir y vivir.

Leyó el nombre del fallecido, era un varón, de la carta de número par y la primera de la ordenada serie. Y empezó a imaginar su rostro y sus ademanes.

La tarde había pasado, con rapidez, y había dado permiso al anochecer para colarse por las cortinas echadas. De repente, sintió un dolor agudo en la parte central, primero, y el costado izquierdo, después. Una punzada enorme. Respiraba con dificultad. Se ahogaba entre un aire que había dejado de existir ¡Mierda, 58, un número impar!

En ese instante, dejó por siempre de imaginar.

 

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Esta entrada fue publicada en marzo 27, 2012 por en DICCIONÉTICO, HISTORIAS, LITERATURA, RELATOS y etiquetada con , , , , .

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