EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA REALIDAD EN LAS MANOS

HÄNDE BY SIMEONOV

Fue al rozar la cubierta cuando sentí el estremecimiento que había estado necesitando, desde hacía demasiado tiempo, para atreverme a abrirlo. Se ahuyentaron, como aves heridas que habían ignorado hasta ese momento en qué paisaje hallarían el más seguro de todos los refugios, los temores con los que mi alma había convivido.

Aquel papel acartonado, de color impreciso, que lo vestía, protegía, ausente de ímpetu, las primeras hojas, mucho más delgadas y extremadamente desgastadas. Las esquinas se habían convertido en paréntesis simbólicos, ciertamente arqueadas, dramatizando un gesto que hubiera pasado desapercibido si mis manos, como antaño, no las hubieran toqueteado y explorado. Mis manos y la curiosidad, la necesidad, casi enfermiza, de rozar, tocar, marcar con la piel el territorio invisible que ocupan los objetos. Mis manos y su búsqueda incesante de alimento.

Fue en mi  infancia cuando comencé a desear alcanzar mucho de lo que mis ojos contemplaban, y mi mente imaginaba, con las manos pequeñas con las que finalizaban mis brazos. Rozar una caja diminuta, un trozo de papel, un retazo de silencio, una copa desnuda frente a los atrevidos rayos de luz, era confirmar, a través de la piel, no la existencia de esos objetos sino mi propia vida, “porque los que muertos, padre, ya no sienten nada nunca más, ¿verdad?”, preguntaba a aquel hombre que jamás parecía escucharme.

Más tarde, cuando mi piel demandaba no sólo la certeza de rozar la realidad, percibí el crecer irremediable de las emociones y, con ellas, el dolor de saber insuficientes las manos para atrapar la alegría, y sujetarla para siempre, o deshacer, de un manotazo, el amargo sabor de la indiferencia de los ojos del otro. Las emociones bailaban frente a mí, al paso de una sinfonía tan breve como intensa. Yo, encadenada a una línea de alambre, incapaz, presa en la telaraña de la más dura tristeza, mirándome las manos que no bastaban para atraparlas y domarlas, látigos mis dedos, látigos sin fuerza ni destreza.

Quedaron mis manos a merced del titiritero que son los gestos y sus sombras. Aprendí, desde entonces, que las manos tocan lo tangible, pero se rinden a no poder asir el sentimiento ni el inicio de los sueños. Mi rebeldía, menguada ante la incapacidad de alimentar la piel de mis manos, me llevo a la casi obsesión de permanecer cerca de los objetos, pero evitando sentirlos, palparlos, esquivando los límites de la materia en ellos contenida.

Unos me observaban con extrañeza y se alejaban, huellas olvidadas, incomprensión, mecer y vaivén de las dudas arraigadas. Otros, señalaban con sus manos vacías mi paso por las aceras de la compartida ciudad donde se habita, sin vivir, la parcial realidad de un tiempo transitorio: “¿No la ves? Es extraña. Su cuerpo es extraño. Sus manos tienen el color de lo inservible. Todo en ella es extraño ¿No la ves?”

Mucho después, miles de horas después, decenas de despedidas después, de despertares intranquilos y de miradas a las lunas inexistentes que he ido inventando en las noches de extensísima vigilia, al rozar la cubierta, se destapó el ayer que aún permanecía, intacto y sin sombras, en las borradas yemas de mis dedos. Sentí, una vez más, el hambre de la piel, perseguidoras manos que deseaban alcanzar el alma de las cosas, “porque las cosas tienen alma como nosotros, ¿verdad padre?”.

Abrí, con lentitud, lo hicieron mis manos, las páginas antiguas del libro. Cayeron todas las palabras, rendidas, ante mis manos nuevas. Supe, en aquel momento, que las manos son labios que no pueden perder su voz, labios que no han de cesar en buscar, con la lengua de carne de sus dedos, el alimento irreal con el que nutrirse y ser, al fin, manos que rozan, tocan, palpan, alfarero de carne modelando la realidad que intenta huir, jugando al escondite con nuestros imperfectos ojos.

 

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