EROS Y PALABRAS by Pura María García

YOON

Reconóceme by MrU

“Cuan extraño es sentir cómo el hilo que de nosotros surge se adelgaza y avanza cruzando

los nebulosos espacios del mundo que entre nosotros media. Se ha ido.

Aquí estoy, en pie, con su poema en la mano. Entre él y yo media el hilo. Pero ahora, qué agradable es, cuánta confianza infunde, saber que la ajena presencia ha desaparecido, que la escrutadora mirada se ha apagado, ha sido cubierta por una capucha…”

Las olas. VIRGINIA WOOLF

Se había casado muy pronto. Demasiado pronto. Tanto que por la frontera entre su adolescencia y, su entonces, nueva vida no cruzaba jamás ni un solo recuerdo. Una excepción se erigía como un muro ante el que se detenía su memoria: observar, con la mente realizando un retroceso en el tiempo, a su padre y su madre, hablando en voz extremadamente baja, ausente de entonación y gestos, situados cerca de la chimenea, apoyando la mano sobre la repisa con aureolas, formadas pacientemente por el humo, él, y escuchando, con los ojos extraviados en la pared desnuda de un lado de comedor, ella.

Ambos mantenían la conversación sujetando las emociones, como jefes de un ejército invisible de soldados incorpóreos, luchando en batalla perdida de antemano ante la tropa rebelde del silencio. Yoon, en su inocencia, se aproximó y destrozó el extraño círculo que envolvía a la pareja de adultos. Le miraron sin mostrar turbación. Parecían haber estado esperándola. Le hicieron sentarse, no sobre el suelo -para ella un lugar que jamás desaparecía, la única cosa de su mundo que jamás se alejaba y que le esperaba, en cualquier momento, sin preguntas- sino sobre la silla en la que, habitualmente, su padre descansaba por las tardes, tras bajar las persianas de la ventana hasta una altura milimétricamente idéntica y predecible. Le hablaron. En realidad, le habló él, lanzándole una frase que se quedó en ella, horadándole profundamente el corazón, para siempre. Se casaría en unos meses, cuando las nieves cesasen en su insistencia sobre la fría tierra, entonces rendida a un blanco habitual e intenso.

Nada recordaba, desde entonces, entre su visión del pasillo, cruzado por sus pasos, y la gélida presencia, que quedaba atrás, la de sus padres.

Ella, caminando, absorta en un vacío irreal instalado en su mente.

Ella subiendo, con lentitud las escaleras.

Ella, mirando, como si se tratase de la última vez, el rellano que precedía la puerta de su dormitorio. Ella, cubriéndose el rostro con el edredón pesado.

Ella, cerrando los ojos.

Ella, cerrando su vida.

Dae-Hyun la desnudó, cuando la celebración había terminado y ellos se hallaban en la casa que les habían dejado para pasar su primera noche como esposos. ¿Conoces el significado de mi nombre? Siéntete afortunada, ahora eres la esposa de Dae-Hyun, aquel que es grande y honroso. Ella no levantó la mirada. No era su cuerpo el que sentía la desnudez como un acto deshonroso, era su alma.

En unos meses, su vientre se convirtió en una frase esperando llenarse de significado, un paréntesis. Crecía a un ritmo distinto al de las horas, lentas y huecas, migajas sin recoger de un tiempo en el que Dae-Hyun entraba y salía, siguiendo únicamente su voluntad. La víspera del día de las aves nació su primer hijo. Dae-Hyun lo sostuvo solo un instante, después de que su madre, y todas las hermanas de la madre, limpiasen su piel y la untasen con aceite de almendras para que la vida le rozase y no dejase imperfección en su cuerpo interior, su espíritu, el que le uniría, con el tiempo, al elevado. Se llamará Chin-Mae. ¿Sabes el significado de este nombre, verdad, Yoon? Ella no respondió. Se llamó Chin-Mae, el que es la verdad.

Todo se llamó por un nombre, con un nombre. Todo se nombró.

Todo, en ella, dejo de pronunciarse, al paso de las horas que perdían su aroma y su forma, para convertirse en eternos silencios tejidos con hilo de tiempo.

Ahora era Yoon, viuda de Dae-Hyun. Estaba allí, mirando el mar que bordeaba la isla. Apoyada en la barandilla del puente por el que los amantes caminaban cuando la noche era tan densa como la bruma de las mañanas que se anuncian, calurosas, tras el noctámbulo helor que viste cada cambio de estación.

No tenía más recuerdos que los nombres y su significado. Yoon, la viuda, señalada por más de un dedo invisible. No recordaba la sensación que ahora, frente al mar, sentía sobre la piel al descubierto de su rostro, una sensación apasionadamente intensa.

Escuchó una voz a su espalda. Madre, ¿cómo has llegado hasta aquí? Te estábamos buscando. No puedes abandonar su cuerpo muerto. Ven. Regresemos a velarlo. Te encuentras bien ¿verdad? Recuerdas quién eres, ¿sí? Eres Yoon, viuda de Dae-Hyun. Ven. No te muevas. Ven y toma mi mano. No tengas miedo, no voy a dejar que estés sola, vendrás a vivir conmigo y con mi esposa. No estarás sola, madre. Nunca.

Yoon pensó, por primera vez desde que había dejado atrás su infancia, en el significado de su nombre. La que permite, la flor que consiente. Yoon.

No giró la cabeza para mirar a su hijo.

Observó el mar, el azul valiente, sin nombre, que le mostraba.

Sintió el agua batear, con pequeños golpes, contra su alma dormida y recordó, antes de saltar hacia sus brazos azules, que hacía mucho tiempo, demasiado, que no pronunciaba un olvidado nombre: la palabra libertad.

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