EROS Y PALABRAS by Pura María García

ERA AGOSTO…

AUGUST by ÄCKER, FELDER & WIESEN

Se anunciaba con el color anaranjado de las tardes, abiertas a la mirada como ventanas derramadas al tiempo, dorado, interminable y encendido. Eran días de andar descalza sobre el pasillo de piedras rendidas que precedían la entrada de aquella casa vieja. Días en los que las hojas marrones, que vestían aquel techo inalcanzable que era el emparrado que cubría el porche, se agitaban a duras penas cuando el preámbulo de las horas de la noche traducía su voz en frescas silabas de brisa.

Era agosto de juegos anhelados desde la raíz del invierno, muerto ya, lejano ya, casi olvidado. Nuestro padre cerraba el maletero de su coche con parsimonia. Yo imaginaba que la puerta metálica eran los labios disfrazados de un monstruoso ser  que engullía los objetos que nos hacían felices.

Días antes, con mi madre, sufría el inquietante dilema de elegir el libro, el juguete, la ropa y cualquier otro de mis pequeños grandes tesoros para que la boca del monstruo los devorara, en insólito sacrificio, antes de partir hacia la casa grande. Aprendí, desde entonces, a elegir aún a sabiendas de que el presente perece y los objetos pueden desvanecerse entre las hebras deshilachadas de la realidad.

Me recuerdo haciendo preguntas a mi padre cuando, una vez dentro del coche, nos indicaba, persignándose hasta tres veces, que se iniciaba aquel camino tan corto y, a la vez, interminable: “Se abrirá la puerta, ¿verdad padre?”, “¿Cuánto falta para llegar?” “¿Por qué los árboles, padre, no se caen si se mueven tan rápido cuando pasamos?”. Nunca respondía. Clavaba su mirada en la línea imaginaria que dividía la carretera angosta en dos y conducía, el coche y su silencio. Yo luchaba contra esa especie de dulce inclinación a dormir que el vaivén del automóvil, una cuna sin sábanas blancas, me producía. Rozaba el codo de mi hermana pequeña para asegurarme de que era real, una vez más, aquel viaje que nos llevaba al sol y los días de agua fresca en un balde, junto al porche, para refrescarnos antes de entrar a comer.

Agosto era creer en que el instante era una estación de paso en la que podíamos permanecer hasta que el tren del regreso al otoño se divisaba. Agosto era la ausencia de la soledad, el reencuentro, hallar la voz de mis compañeros de paseos en la bicicleta prohibida: “Es demasiado grande para ti, no la toques”.

Agosto era sucumbir, intencionadamente, al pecado de fingir que el sueño cerraba mis ojos en las siestas de lumbre que partían el día en dos trozos asimétricos; saborear la fruta escondida en la cesta de mimbre; oler el perfume del jabón sobre la madera astillada del lavadero; observar a mi madre mirar por la ventana, imaginar que un día alguien se marchó y era ella quien esperaba, siempre, su retorno;  desear que las horas anteriores a la luna se ensancharan de tal modo que todo fuera eterno, interminable, mío.

Agosto era el abrazo del niño que me miraba de reojo. Sentir la amargura de no hallar a los demás jugando al escondite. Llorar en silencio al comprender la forma de navaja que toman todas las vísperas de las despedidas. Agosto era mi infancia, yo misma, la silueta temporal de aquella niña que también soy.

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