EROS Y PALABRAS by Pura María García

SEPTIEMBRE

SENZILLA by GROC

“Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que mi padre regresara de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar los olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior”.

LA MALETA DE MI PADRE. ORHAN PAMUK

Pienso en septiembre.

Siento septiembre.

Soy, un poco, la sombra de este mes que se inicia, ahora que se inaugura su semblante melancólico.

Septiembre es el tiempo de las despedidas, del abrazo que se entrega sabiendo que, quizás, se extenderá en la lejanía de los días y resucitará, cuando un nuevo verano estalle, como las flores nuevas. Septiembre sabe a pañuelos de nada que ondean en el aire de la víspera; al fin de los fugaces amores que se tejen con las agujas invisibles del Sol del estío; de una canción que no volverá a ser escuchada; de los parques, quedándose vacíos de sonrisas, como dormidos, hasta que la voz marrón del otoño les despierte.

Septiembre era el final de largos paseos por la orilla de cualquier mar; las tardes recortadas, repentinamente, con las tijeras de la noche que desde el cielo se adivina;  el aroma a regreso que se esparcía por mi casa, cuando las manos perezosas intentaban llenar maletas con ropas y recuerdos, con apuntes cosidos a la memoria acrecentada. Septiembre era el empezar de una estación que jamás nos da la bienvenida. Allí estaba el camino de vuelta a la vida que quedaba atrás cuando las olas batían las semanas y se adivinaban caminos desconocidos, castillos de arena, los primeros besos, la boca de la soledad a la que una misma hablaba.

Septiembre era mi padre, ordenando con exactitud sus libros, antes de encerrar sus voces de letras, en una caja que nunca envejecía. En el viejo coche, apiladass con premeditación, las maletas bostezaban a las caracolas de espuma y a las cartas de amor escondidas en mis bolsillos. Y una pequeña foto, viajando conmigo, escondida entre el libro que fingí haber leído.

Septiembre tenía un halo de flor que se sabe, antes de nacer, triste y marchita. Unos y otros canturreaban la canción del regreso. Éramos marineros que abandonaban un puerto inexistente y, en el barco fantasma del tiempo, atravesábamos la mar de un solo día para intentar llegar a la isla donde hasta el pasado moraban nuestras vidas.

Septiembre era tu voz, medio a escondidas. Una mirada secreta. Desobedecer las normas que nos encerraban como aves a los niños. La palabra adiós dicha con los ojos vestidos de agua y de nostalgia. Septiembre era un gorrión, detenido en el quicio de una ventana rota.

Regresamos, septiembre tras septiembre, al punto y final, al punto y aparte, a los puntos suspensivos de los días.

Septiembre era la expresión desesperada de un mundo que empezaba a parecerse a un calendario roto; es el ayer que viví, cuando era niña; es el hoy que me refugia: una luna con víspera, una página esperando ser escrita, horas que también morirán, cuando llegue el próximo septiembre.

Septiembre es mi ayer, cuando fui niña, la cuadrícula ingenua con la que pensé vencer la inmensidad de la nada inexistente que duerme en el tiempo.

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