EROS Y PALABRAS by Pura María García

UN EXTRAÑO MIÉRCOLES DE OCTUBRE

Es miércoles. La piel de mi rostro parece reseca. Es como si la mañana hubiese decidido adherirse a mí, quedarse en mi cara. Es en días como hoy cuando uno se da cuenta de que los días también libran sus propias batallas: el amanecer dicta el frío creciente que sume octubre en un mar de transición hacia el invierno; el mediodía, en antagónico gesto, despierta con un bostezo cálido que llega a convertirse en extrema diferencia con el inicio del día. Opuestos. Cadencia sin pauta. Irrepetible  realidad, a la que muchos llaman vida. Hay contrastes, alguno imperceptibles, en todos los rincones, las miradas, las horas, las huellas. Es octubre.

Hacía mucho tiempo, ahora lo siento como demasiado, que no hilvanaba un paréntesis vacío de cualquier cosa que no fuera yo misma y el silenció, una nada artificial, provocada por el deseo de no ser, de diluirme en el pasar de los minutos que le robo al tiempo. He dado dos vueltas y media a la llave que sella la cerradura de la puerta de mi casa cuando me alejo. Le he dado la espalda, en un acto que no rezuma abandono ni rechazo porque es, en realidad,  el entreacto de una pieza de teatro que se repite con cierta frecuencia. Simulo alejarme, marcharme, huir de esa puerta mientras ella, impasible, encerrada en sus músculos de madera, se ríe de mí, sabedora de que regresaré, sin tardanza, antes de que llegue la noche. A veces, imagino que esa puerta, todas las puertas, son espectadores que saben el final anticipado de nuestros actos, que perciben la verdadera intención de nuestros pasos, que no dudan de que nuestra voluntad de huir para siempre se verá truncada por la necesidad de regresar, volver, sentir que algo, una puerta, al menos, nos aguarda.

Esta tarde coso ese paréntesis añorado al reloj invisible, ese que no cabe en mi muñeca, ese que es el sentimiento de la densidad del tiempo, fluctuante según venza el latir o la calma a mi corazón. Antes de empezar a caminar, me aseguro de que llevo entre mis cosas el libro que todavía no había empezado. Camino, en perpendicular al tiempo, cruzándome con él. Frente a mí, luz filtrada a través de una gasa universal, común a aquellos que ocupamos la intersección del hoy: la tarde.

Mis pasos me llevan a un lugar en que una mesa parece estar esperándome. Es de metal. Una muestra de la soledad de los objetos, el mimético aislamiento que hace que las cosas, en cierto modo, lleguen a parecerse a las personas. La mesa está en una esquina de la manzana de casas que se enfrenta a una plaza, sola también, sin niños ni ancianos; sin fuente con agua; sin el trajín del tránsito de los pasos enfundados en zapatos que contrastan, en sus colores y formas. La irrealidad se adivina. Me aproximo a la mesa y la rozo con la mano. Siempre he necesitado aproximarme a los objetos y las pieles para sentirlas e impregnarme de ellas. Cada cosa tiene un tacto sutilmente diferente, lo sé desde que era niña. Cada piel, cada tela, cada papel, cada silla, las páginas de los libros, los cabellos, la carnosidad de los labios. Durante mi infancia, un padre demasiado exigente  me recordaba continuamente que los objetos no pueden ser tocados: “aleja tus manos de eso; eso no se toca; no lo roces; pero ¿por qué has de acercarte tanto…”. Las prohibiciones se quedan en nosotros, no como un peligro, sino como una frustración que, más adelante, se libera y toma forma de inclinación, de gesto repetido, de necesidad. Abandoné la casa de mis padres cuando era una adolescente y ella, la necesidad de liberar lo que había sido prohibido, fue lo único que supo caber en mi exigua maleta.

Toco la mesa y siento su frío. Es la voz de los objetos, porque la tienen, nos hablan ¿No les has escuchado nunca? ¿No has oído el lamento de un banco de metal, en una estación cualquiera, o la voz intermitente de un semáforo que letea para que conozcas su cansancio?

Hay cuatro sillas rodeando a la mesa. Aun así, la soledad de la mesa es una declaración que no puedo desoír. Se repite la soledad, consustancial a la vida. Desdramatizo la situación: ese aislamiento del todo no es doloroso. Es. Existe. Nada más. Y nada menos. Cambio una de las sillas, que tiene un finísimo almohadón rojo en el respaldo, por la que pensaba ocupar inicialmente, un esqueleto de metal desnudo. Voy a permitir que el tiempo traspase la tarde.

Alguien trae el café corto, muy corto, con hielo que he pedido hace un instante. Sitúo la taza de café cerca de mí, alejo los primeros pensamientos porque quiero dejar mis ojos sobre la realidad que me rodea. A la derecha, una mesa está ocupada por tres hombres de mediana edad. Hablan entre ellos, mezclando una lengua árabe y frases en español. Observan casi de forma compulsiva. Lo adivino por el ruido minúsculo del metal, con un tic-tac que se asemeja a un reloj invisible: cada mirada que lanzan a quienes deambulan por la calle se transforma en un movimiento de las sillas que ocupan, cada movimiento desemboca en un sonido metálico. Se arrastra la materia como se arrastran los ojos que miran. “África es mejor”, dice uno de ellos. No veo sus rostros, están detrás de mí.” Aquí no tienen trabajo ni ellos”. Les escucho. Me inunda esa especie de desánimo del que estamos todos contagiados. Me siento cansada de respirar la realidad que trasluce el decaimiento y la tristeza. Ellos hablan con una amargura que ha perdido su tinte de dolor y suena, por el contrario, a rutina, a peligrosa y demencial rutina. Saludan a una mujer joven que pasa por su lado. Lleva de la mano a un niño pequeño. Ella es también menuda, no tendrá ni veinte años. Brillan sus ojos, de un color similar a la esperanza. Morena. Anda estirando con suavidad el brazo del pequeño. Algo le dice, murmurando. Adivino que se trata de un idioma del este. Los hombres árabes le dicen adiós, uno detrás del otro. Luego, guardan silencio. Juego a predecir qué sucederá después, un juego ese, el de predecir, al que jugábamos mi hermana y yo cuando éramos niñas y mis padres nos dejaban en el coche mientras hacían cualquier cosa .¿A qué adivino que ahora vendrá una señora y pasará un coche blanco? ¿A que lo adivino? Acertar lo que pasaba tras acabar nuestras palabras nos permití asentirnos por encima del azar, poseedoras de un poder extraordinario: modelar la realidad con nuestras manos minúsculas. Ahora vuelvo a acertar: he presentido que tras ver alejarse a la muchacha del este, los tres árabes guardarían un mínimo silencio y, a continuación, dirían algo sobre ella. Es esa extraña costumbre que tenemos de creer que si dejamos transcurrir un tiempo tras un hecho, y hablamos de alguien cuando estamos seguros de que no está, no pecamos de indiscretos, nada estamos haciendo incorrecto. En efecto, la muchacha sigue avanzando hacia la plaza, llevando al niño tras ella. Los árabes hablan sobre ella.” Es la amiga de la mujer búlgara” “Ves cómo es de guapa” “Sí, pero es eshcoleta” Escucho la palabra y dibujo su escritura mentalmente. Me choca. Deduzco que aunque parece que hablan la misma lengua, uno de ellos no pertenece a la misma cultura que los otros dos “Eshcoleta es lo que decir en marruecos a mujer muy delgada” Ríen. Ya no hablan de la crisis y el paro. Piden un refresco y una botella de agua. Escucho el ruido de los sorbos en medio de su repentino silencio.

Otro hombre avanza por la calle, con lentitud, apoyado en un andador. Es curioso percibir cómo sus piernas parecen prolongarse con las patas delanteras de ese artilugio en que se apoya. Le cuesta moverse. Lo noto en los movimientos que intenta, infructuosamente, realizar. Somos muy frágiles, me dice el pensamiento. Una tromba de ideas sea golpa en mi mente: viene el futuro próximo, el más lejano, también, me veo en él, simulo que soy yo quien un día andará apoyada en ese caballito de metal que sustituye, irónicamente, el caballo de juguete que monté cuando aún no había aprendido a caminar. Me duele pensar en el futuro si éste se convierte en una proyección del anciano que lucha por dar unos pasos. De repente, mis ojos se dirigen a sus labios. De todas las personas que deambulan la calle, él es el único que sonríe. Pienso en las paradojas, en mi presente, en la soledad que nos envuelve, en el dolor que atenaza a los más débiles y en la fortaleza, contradictoria que parecen albergar quienes creen que lo tienen todo perdido y, por esa razón, se dejan vencer, también, por la resignación que les contagia de su serenidad.

Hoy, en medio de  la gente, escenificando la vida, me  siento sola. Reflexiono, durante un instante, cuando veo pasar a una pareja de adolescentes que no deja de besarse y rozarse, en las palabras que ahora necesitaría escuchar. Y regresan los recuerdos. Yo tenía 9 años. Mi profesora de Lengua me hizo descubrir la literatura y los poemas. Leí el primer te quiero, impreso, en los versos encadenados como caracolas de Neruda. Hoy pienso en los binomios esenciales. Así les llamaba, mucho tiempo atrás, cuando era una joven que jugaba a pensar para sentirse mayor,  a las parejas de palabras que un ser humano, creía yo, necesitaba como esenciales: te quiero era una de ellas. Te espero. Te busco. Te odio. Te necesito. Te comprendo. Me voy, eran algunos de los binomios esenciales. Palabras a las que todos habíamos abierto la puerta alguna vez. El libro estaba entre mis manos. Mi pensamiento volaba. Como un pájaro torpe hacia los labios que no estaban junto a mí, la boca de la que me sentía esta tarde especialmente sola, la voz que no me traía el silencio ¿Por qué un te quiero tiene el poder de deshacer la gélida del tiempo y puede desatar nuestra más íntima añoranza?

Quiero dejar de pensar en las ausencias, en ese dolor punzante que atenaza los instantes en los que nos sentimos, en medio de la compañía, solos, aislados del otro. La tarde comienza a abrirse paso realmente. El cielo se tinta de los colores que preceden al atardecer. La gente enlentece su paso. La plaza continúa sin niños ni ancianos que ocupen sus bancos. Debería llegarme tus palabras, alcanzarme el alma y arrebatarme de la espiral de nada que la tarde, tornado irremisible, trae.

Abro el libro, simulando parsimonia. “Nunca estamos definitivamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos” Comienzo a leer el primer párrafo. Pienso en ti. Me alcanza la idea de que  lo único que en el fondo poseo son las palabras. O quizás son ellas las que me tienen a mí.

La tarde crece en ella misma. Pienso en ti y continuo intentando descifrar la realidad en la que soy, como la tarde, un hilo de tiempo.

2 comentarios el “UN EXTRAÑO MIÉRCOLES DE OCTUBRE

  1. joanmarti
    octubre 18, 2012

    I like it. Beatiful words and beatiful Jimmy, the Lizard King.. Thanks. But I can’t see chinesse food..

  2. Iraultza Askerria
    octubre 20, 2012

    Increíble y expresiva esa guerra del amanecer y el mediodía que narras en el primer párrafo, y en general, un relato muy profundo lleno de metáforas. Muy recomendable.

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