EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA ÚLTIMA VEZ

hornacina2

Hace unas noches encontré, junto a unos contenedores de basura,una hornacina con los restos de alguien, las cenizas que resuelven el recuerdo, el eufemismo que toma, en su tramo final, la vida.

Después de acercarme sorprendida a ella, imaginé palabras, una situación, un antes de ese después de haber dejado los restos de vida, abandonados a la noche, a una calle sin luna.

Este es el relato que suscito la noche. (Ahora ya sabes que hallé cuando caminaba)

No te lo dije. Nunca.

Fui una idiota. Lo sé. Parece que estoy viéndote, mirándome sin mucha convicción, haciendo como que escuchas lo que, finalmente, me he atrevido a decirte.

Te escuchaba ensartar mentiras, cada mañana, a la cuerda frágil de argumentos pretendidamente lógicos, los de siempre, los de todos, los míos (antes de que entrases en mi vida), los que se pronuncian esperando que pasen de puntillas sobre el cedazo que criba la verdad sobre la mentira. El café y una excusa. El café y una historia que probablemente, hoy lo intuyo, alguien había preparado por ti. Porque incluso inventar historias te ha parecido, te parecía, un trabajo costoso, un esfuerzo inútil. El café y una frase a la que el corazón se me volvió bien pronto impermeable: “Esta noche llego tarde, no quisiera, pero me tengo que quedar en el despacho preparando…” El café y hacer como que te escuchaba. El café y hacer como que me hablabas. Hacer que hacíamos, que sentíamos. Nada. Y la noche llegaba, creciéndose entre tu ausencia negra, que ocupaba la casa para que tu presencia ocupase otro lugar, otra habitación, otra realidad construida con tu huida.

Te escuchaba preparar tus coartadas.

Ahora que tu voz se ha apagado en su eco, me pregunto si no eras tú, al fin y al cabo, la coartada que tenía la mentira para ser verdad.

“Esta noche no vendré a cenar y, si termino muy tarde puede que incluso me quede en el sofá del despacho, no quiero venir y a despertarte a las tantas ¿no?” Un café  y esas frases. Me dejabas hace unas mañanas en el quicio de la puerta, en el quicio de la nada y la rabia.

Ensartabas mentiras a la cuerda frágil de mi impotencia.

Ahora, cuando tu voz no sobrevive a su eco, voy a ser yo quien te abandone a la noche, a ese escondite donde buscabas mirarte, atravesando espejos hechos con cuerpos y pieles desconocidas.

Ahora, te quedas ahí, en la noche y en esa calle sin luna.

Te quedas, tus cenizas, en una hornacina tan pequeña como la verdad que quizás algún día dijiste.

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