EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA TARDE

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Parece que las tardes se han hecho para que se escondan las ilusiones y aparezcan las dulces sombras de los sueños; para que nos amenace la nostalgia con su luz tenue, para que se quiebre la línea que nos une al firmamento que establece la mirada.

Las tardes se asemejan a una copa  que estuvo llena apenas un instante antes de que la boca del tiempo la hiciese suya. Tarde y silencio. Tardes arremolinadas en los puntos suspensivos de uno mismo, cuando regresan las huellas de una pregunta que se quedó pululando junto al árbol de la duda.

Recuerdo las tardes de mi infancia. La casa expuesta al viento de unas ventanas abiertas por mi madre, estática libertad de los visillos ondulando a su capricho. Una alfombra cubriendo el suelo. Mis pies pequeños dibujando surcos irreales sobre la lana apagada, ramillete de colores pálidos y antiguos. La calle murmurando con la voz de un parque casi vacío, hogar irremediable de las aves ocultas en los ramales tupidos, gasa de luz, gasa de rayos casi muertos de la mañana ya vencida. En la cocina, ella, siembra gestos, mueve las manos, las moja, las desata en acciones que recaen como piedras sin cantos sobre los objetos limpios de las alacenas que ordenan la realidad de esa habitación que aroma al resto de la casa, a mis recuerdos. Un pitido de abeja de metal atraviesa el aire denso de la tarde. Yo, creyendo que es una serpiente que mi madre guarda en un cajón para cuando mis actos son interpretados como la transgresión de un alma que no conoce todavía el pozo hondo del temor que trae el castigo. La serpiente no deja de sonar, a media tarde, como la sirena de una fábrica invisible. Crece la intensidad de su zumbido mientras me acerco, aprovechando que mi madre ha dejado la estancia donde un reloj, suspendido de la pared blanca, me mira como un ojo maldito que intentase descubrir el menor de mis secretos pensamientos. Se enlaza a mi cuello, con más fuerza a cada instante, la cuerda transparente de la angustia. Ha de ser un monstruo, tragado por las fauces terroríficas de la misteriosa serpiente que mi madre guarda para aleccionarme. Yo, aproximándome a los fogones amenazantes. Y la serpiente, yo no la veo, creciendo en su voz de ofidio sangriento. Yo conociendo, por un momento, ese miedo incontrolable que también cuando dejé de ser niña atenazaba la boca de mi estómago cuando pensaba en la muerte y el vacío, en las ausencias injustamente largas, en el futuro desnudo de caricias y de sueños.

Mi madre aparecía, repentinamente, apoyando una mano en cada lateral del marco desgastado que cerraba la puerta, cunado las horas pasaban, atándola a ese paréntesis en el que los segundos explotan y se duermen y los objetos, todos, deciden detener su invisible e inútil corazón, cuando caen la noche, los parpados, la voluntad. Miraba cómo, apoyada en las puntas de mis pies menudos, saltaba el precipicio de la prohibición y quería alcanzar con las manos aquel objeto brillante que ella había dejado, ¿sería una trampa?, sobre un fogón.

Ella, advirtiéndome de que las niñas jamás tocan la realidad, sino que han de resignarse a observarla. Ella, recordándose en mí, rememorando cuando fue pequeña y desobedeció, ¿sólo una vez?, las advertencias de su madre. Ella contemplando mis ojos casi húmedos. Su dedo indicando el pasillo de la casa, el pasillo de la tarde. Yo dialogando con mi pensamiento y buscando un atisbo de realidad en el trayecto infinitesimal de una pequeña hormiga que juguetea en el zócalo del inicio del corredor.

La tarde se cerraba para que la noche llegase, con su oscura voz, con sus fantasmas, esos que crecían de la nada y engullían, sin recato, la sonrisa que la tarde había sembrado en mis labios pequeños. Llegaba la noche. Yo marchaba, del tiempo a la soledad, del aire a la sequedad de las horas sajadas por la luna. Mi madre me imponía el exilio de latir en el interior de mi cuarto. No tienes remedio, ¿no puedes estar tranquila, jugando, como las demás niñas? Yo leyendo sus labios, mientras ella pronuncia esa pregunta que jamás esperó respuesta alguna. Yo trastocando sus palabras, imaginando que canta una canción cuya letra no comprendo. Mi mente, defendiéndose de la silueta incomprensible de un mundo que empezaba a nutrirse con mis pensamientos. Yo, abandonando la tarde y dejándome caer sobre las sabanas sin estrellas de la noche.

Amaba las tardes. Luchaba por encontrar un amanera de convencer al tiempo para que jamás avanzase hacia ese manto espeso en que la luna aflora, pero aparecen los astros del temor y los sonidos del aire parece el ruido que emite la boca gigantesca del horrible monstruo que vive en las horas negras.

Amaba las tardes, a pesar de que la serpiente silabeaba su voz en cada una de ellas.

Un día mi madre quitó una especie de cohete pequeñito de la parte superior de aquel objeto que dejaba, cada tarde al fuego. Un día descubrí que la serpiente era una válvula de metal que jamás me engulliría. Desde ese día, amé todavía más la lenta y bella transición del melancólico corazón que arde en cada tarde.

4 comentarios el “LA TARDE

  1. Carme
    abril 5, 2013

    Que bonic Pura….m’encanta com resegueixes cada record, com fas que cada paraula entri a dins meu i desperti els meus sentiments. Genial!

  2. romanidemata
    abril 5, 2013

    et vares fabricar un refugi !

  3. inmaisla
    abril 6, 2013

    Una preciosidad de relato, y qué bien escribes, esos recuerdos son lo que somos ahora y lo que seremos, me has emocionado.

    Muchos besosss guapaa

  4. ferran petit
    abril 8, 2013

    Jo també tinc records é la mateixa serp, però de dia….com ets capaç d´escriure tan bé dels teus records i les teves angoixes a partir del sò de l´olla a pressió?

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