EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA HABITACIÓN NEGRA

OLYMPUS DIGITAL CAMERAFotografía de Ferran Petit

Me haces la pregunta mientras diriges tu mirada hacia mis manos.

¿Por qué escribes?

Mi mente se paraliza durante unos instantes. Un tiempo que percibo tan fugaz que dudo entre llamarle tiempo o pausa. Tu voz queda suspendida del aire, pronunciada como una aguja que clavetea mi pensamiento. Sin que lo sepas, me llevas hasta una mano invisible que me alcanza y me empuja hasta allí, hasta la habitación negra.

El para qué escribo lo hemos hablado muchas veces. A menudo conversamos sobre esa costumbre mía, tú la etiquetas como manía, de hacer bailar los adjetivos de un modo que no se acerca a lo que el lector esperaría, sobre mi tendencia a escaparme de las emociones para regresar siempre a ellas. Lo sé, escribes para encauzar ese río de palabras con el que quieres huir de la realidad y sus fantasmas, me has dicho, muchas veces, mientras esperabas un gesto con el que sintieras confirmada esa teoría de la huida y de la reconstrucción, íntima y secreta, de la nada a la que todos, también tú, estamos abocados; a la que llaman realidad, como si hubiese algo real más allá del vacío…

¿Por qué escribes?

Cómo responderte sin perderme en el pasado, al que no busco regresar si no es cuando siento que, bajo mis pies, la arena movediza en que queda convertido el presente, se conjura para hacerme caer. Allí, en el ayer, encerré un día los recuerdos de la habitación negra. No necesito cerrar los ojos. Ni siquiera hace falta que me recueste sobre ellos, sobre los recuerdos, para traerla a mí, como si fuese hoy materia que pudiera palparse, olerse, vislumbrar, recorrer con la yema de mis dedos.

Era la habitación donde el tiempo golpeaba con sus manos de silencio. Tic-Tac. Tic-Tac. Y el corazón, el mío, latiendo, convertido en la hoja desvencijada de una ventana de madera, golpeada con fuerza por el aliento embravecido del aire de una noche inventada. Los sonidos, en la habitación negra, se agrandaban formando montañas que se abrían, ante mí, para engullirme. Si rozaba con mis manos mi vestido, un huracán intenso parecía ocupar el espacio que contenían las cuatro paredes desnudas de aquella sala oscura. Mi padre señalaba con su brazo el final del pasillo. Tras él, una puerta. A continuación, un tramo salpicado con macetas plantadas por mi abuela, un bosque inmenso donde habitaban gusanos gigantes y arañas venenosas que digerían la alegría y dejaban sombras en las sonrisas de la gente. Al final, inmóvil, aguardando, inevitable si se cruzaba el patio de la casa grande de la madre de mi madre, la habitación oscura. Yo dejé de llorar, cuando me dirigía a su interior, mucho tiempo después de la primera vez que entré en ella,  tras descubrir que el negro de ese recinto podía ser una luz, hecha de haces atados a los que yo llamaba “mis voces”.

Mi padre señalaba con su brazo, como midiendo la distancia que había entre la firme tierra de la realidad y el universo de negrura en el que, a solas, permanecía hasta que, de nuevo, su brazo y su mano desanudaban el metal de  la cerradura, una boca de monstruo con dientes oxidados que crujía tras él cuando me encerraba, croc-croc-rrr-cric-croc, y su rostro sin significado aparecía para aliviar la tormenta de emociones que me había vencido allá adentro.

Tenía contados con pasos, el abismo que se dibujaba entre la puerta, cerrada por mi padre, y la pared en la que estaba la esquina en la que siempre me agazapaba, medio sentada en el suelo, en cuclillas, buscando con mi espalda la superficie, de un imaginario negro que contagiaba todo lo que allí sucedía, en la que recostarme y pausar la vida, ansiando que la enemiga puerta cediese ante las horas y se abriera para sentir que el aire regresaba. Era negro el exterior de mí, allí, apoyando las manos en mis rodillas, flotando en una burbuja imaginaria, desaparecidos los pájaros, los libros, mis juguetes, las sonrisas y los caramelos de menta. Era inútil abrir los ojos para escapar de la oscuridad de mi interior, donde no había imagen alguna, solo la reverberación de los más mínimos sonidos, creciendo hasta el estruendo cuando los percibía en mi mente: afuera, en la habitación sin luz que me acogía, un idéntico negro ocupaba esa boca gigantesca que me había tragado, también a mí.

Aprendí a luchar contra lo oscuro esgrimiendo la palabra, trenzando frases. Rápido. Muy rápido. Cosía una frase tras otra y forzaba a mi mente a recordarlas para seguir dándole impulso al telar de una historia que no debía acabarse hasta que mis oídos silenciados se despertasen intuyendo los pasos agitados de mi padre, acercándose. Aprendía a retorcer cada palabra hasta hacerla un argumento, una transcripción de los sueños, una serpiente que se enredaba en mi mente y reptaba el pensamiento hasta hacerlo completamente suyo. Rápido. Muy rápido. Escribe mi cabeza, pensé, la primera vez que fui consciente de que el temor a la oscuridad se estaba desvaneciendo porque mi voluntad era entonces una aguja enhebrada con palabras. Ya no es mía, descubrí. Y me rendí a escuchar su voz sin sonido, las palabras que, a tiras, ocupaban mi frente y el espacio inmenso en el que hasta entonces solo cabía el miedo a la pistola de oscuridad, retumbando entre las paredes de la habitación del castigo. La palabra me raptaba y derribaba la puerta, el temor, tumbaba las macetas, desvanecía los límites del pasillo y, como un espíritu liviano, me llevaba  a un lugar en el que las habitaciones negras jamás existirían. Rápido. Muy rápido. Escribía, sin voz ni letras, con palabras de pensamiento, historias que eran mías tan solo por un instante, mientras duraba el acto de dejar vagar mi pensamiento. La palabra me protegía de la tristeza, borraba el agua que escapaba de mi mirada de niña. La palabra era un ancla que me mantenía sujeta a mi propia alma. Rápido. Muy rápido. Amalgamaba pasajes invisibles de sílabas en orden. Crecía conforme crecían las palabras en frases que buscaban continuar para no sentir que a ellas la muerte también les vencería. Ese primer día en que la palabra vino a ocuparme la conciencia y me llevo, sana y salva, al mundo imaginario donde las habitaciones son de colores, pude mirar a los ojos a mi padre, cuando abrió la puerta y la luz se coló, irreverente como las frases escritas por mi mente, para derrumbar la oscuridad de la habitación negra.

Yo tenía ocho años, una muñeca y un libro.

¿Por qué escribes?, me preguntas. Y es como si me preguntases por qué respiro, por qué jamás, desde entonces, he sentido decrecer mi ansia por percibir que estoy viva, lejos del castigo, alejada de cualquier habitación oscura.

Un comentario el “LA HABITACIÓN NEGRA

  1. ferran
    abril 25, 2013

    Gràcies per mostrar-te, per deixar-te conéixer una mica més

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