EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA DEDICATORIA ( Iª Parte )

dedicatoriaDEDICATORIA by MARTA MARTÍNEZ

Tres años atrás había sido la primera vez.

Se encontraba frente a un grupo de personas que trataban de ordenarse, una tras otra, en medio de una sala enmoquetada y falta de iluminación. Estaba sentado, tras una improvisada mesa que había sido arreglada por alguien que no tenía nada que ver con el evento, probablemente con la ingenua pretensión de crear, en quienes se esperaba que acudiesen, la sensación de estar presenciando un acto importante. Tocó con una de sus rodillas, en un movimiento casi involuntario, algo rígido y frío que le hizo salir de sus pensamientos.

La mesa era, en realidad, un tablero de algún material ligero -dedujo que no se trataba de madera por el olor a plástico que emanaba de él-  que había sido cubierto, descuidadamente, con una tela similar al terciopelo. Su rodilla acababa de encontrarse con una de las patas de metal que mantenía en pie al improvisado mueble.

Levantó la cabeza y les vio amontonarse educadamente, ir formando una fila que se convertía en irregular cuando las personas avanzaban o giraban sus espaldas para observar el atuendo de otro o inmiscuirse en las pequeñas conversaciones que surgían entre ellos, brotando entre el artificial y educado silencio.

Allí, sentado sobre un taburete en el que no se encontraba excesivamente cómodo, se sentía inferior a la pequeña multitud que, en teoría, se había desplazado hasta aquel lugar para conocerle. Sonrió con una mueca en la que probablemente nadie reparó: a pesar de que él era el importante, parecía un personaje secundario allí, tras aquella mesa.

Estaba donde siempre soñó estar o, al menos, en la situación que había dibujado una y otra vez en sus pensamientos más íntimos. Todo gracias al premio que había ganado con su novela dos años antes.

Las circunstancias más adversas había sido el título que la editorial, sin mucho debate, eligió para sustituir al original, Las manos del destino,  antes de hacerle entrega del cheque con el premio y dos ejemplares de su primer contrato como escritor. Por aquel entonces, escribir para ver publicadas sus palabras -el paisaje de seres, acciones y escenarios que tomaban forma tras someter su creatividad a un pulso misterioso y tirano por el que, aparentemente, se deshacía el caos de ideas y se convertía en un universo entrópico- constituía un acto que le acercaba a un placer intenso e inexplicable. A partir del premio, en cada ocasión en la que fue escuchando la frase “es escritor”, su ego se acomodaba, creciendo cada vez más, en el espacio interior que él llamaba el espejo de su yo.

“Es escritor” se convirtió en una especie de contraseña que inevitablemente le acercaba a su capricho a la multitud –reducida en aquellos primeros momentos en los que para él un lector era un triunfo inigualable-, le situaba en el epicentro de la realidad y le llenaba de una emoción que equivalía entonces a la felicidad. Al menos, hasta a aquella tarde, tres años atrás.

Primero fue una mujer que le habló con un acento extranjero, de un país del este, se aventuró a pensar. Se acercó hasta el atril en el que colgaba una foto suya, junto a un montículo formado con ejemplares de la tercera de sus obras. Podía escucharse la lluvia, golpeando el exterior del edificio en el que estaba el salón. De los altavoces resbalaban frases señalando la hora de inicio del acto y remarcando la importancia de la visita del escritor, entregado a una gira europea, pero que, como la voz se esforzaba en recordar, con una insistencia que se repetía a exactos intervalos de un minuto, ha tenido la deferencia de realizar una pausa y acompañarnos en  esta tarde tan especial.

La mujer dio unos pasos para avanzar hasta él. Antes de alcanzarle, abrió el libro por la primera página y extrajo una pluma de su bolso.

Como en todas las ocasiones, cogió el ejemplar, una copia de la última obra que él mismo había escrito, sin apenas dirigir su mirada hacia la mujer, pero impostando una sonrisa, a la que él llamaba el tatuaje del escritor, que suponía llegaba especialmente al comprador y sellaba la breve intersección de espacio y tiempo en el que coincidían, lector y autor.  Tras las primeras frases, que solían ser idénticas en cada ocasión, en las que se halagaba la calidad literaria del autor, la mujer dijo su nombre. Para Claudia, por favor.

Él alzo su vista y se encontró con sus ojos. Recorrió su rostro en unos instantes, observando las cejas, delgadas como líneas; la nariz; los labios que acababan de cerrarse tras haber pronunciado el nombre y los pómulos, redondeados y extremadamente pálidos. Para Claudia has dicho, ¿verdad?

Allí estaba de nuevo, escribiendo unas líneas sobre una obra creada por el mismo, iniciando un vínculo ciertamente hipócrita, pero poco comprometido, entre él y quien había adquirido el libro, un completo desconocido que se identificaba dejando únicamente al descubierto su nombre. Se sorprendió escribiendo más palabras que las que habitualmente utilizaba en las dedicatorias, calculadas premeditadamente para ser validas hasta llegar a los 101 ejemplares firmados, tras los cuales ideaba un nuevo texto para no sentirse un autómata y para acallar un cierto sentimiento de culpabilidad al aceptar que no se esforzaba en crear frases únicas para cada una de las personas que pedían su firma y sus palabras. En más de una ocasión se había preguntado qué podía mover a alguien a considerar más valioso un libro si su nombre aparecía en la primera página, junto a  la firma de un autor con quien muy probablemente no volvería a encontrarse ¿De verdad podía pretender alguien, mostrando unas líneas y una firma, hacer creer a otro que un conocido autor era, casualmente, un gran amigo?

Terminó de escribir. Garabateó la firma que usaba para las dedicatorias. Enderezó su cabeza y, a la vez que extendía su brazo para entregar el libro a la mujer, sintió una punzada de lástima que se instaló en su ánimo hasta hacerle dibujar en su rostro una expresión claramente de tristeza. La mujer tomó el libro y se dispuso a leer el contenido de la dedicatoria.

2 comentarios el “LA DEDICATORIA ( Iª Parte )

  1. inmaisla
    agosto 25, 2013

    Cómo me ha gustado, y todo lo que dices entre líneas, no tengo esa facilidad tuya para expresar lo que se siente cuando lees algo que te gusta mucho, pero te he leído y he visto el vídeo a continuación y he visto esa conjunción perfecta. Tienes una alma bonita Pura querida, muchos besoss

  2. pura maria garcia
    agosto 25, 2013

    GRACIAS, Inma por tu visita y tu AMISTAD.
    Un beso grande

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