EROS Y PALABRAS by Pura María García

LA DEDICATORIA (final)

 

Para Claudia, acompañándole en el camino que ha decidido iniciar. Nadie tiene derecho a modelarnos. No existe a tu imagen y semejanza. Quizás sientas tentaciones de regresar cuando eches en falta lo que tanto te daña. Lee esta dedicatoria de nuevo entonces.

Él mismo se sintió agitado, nervioso, al descubierto de una emoción que no había podido presentir, desnudo. La mujer cerró el libro con rapidez. Él intuyo, por su expresión y por el gesto, que no había terminado de leer las cuarenta y dos palabras que él había escrito. Claudia -ya tenía identidad para él- le lanzó una mirada intensa, cargada de ira, en la que subyacía lo que el interpretó como una profunda amargura. Dejó el libro de nuevo en la mesa, frente a él, y retiró el elástico que formaba el escote del suéter verde con el que iba vestida. Él observó con asombro la marca: el cuello de Claudia tenía dibujado un cruel collar hecho con eslabones morados y amarillentos ¿Cómo puede ser amigo de alguien así? Claudia pronunció la pregunta con una voz vencida por la sorpresa y el dolor. Giró la cabeza, su cuerpo, su decepción y abandonó la sala.

Desde ese instante, tres años antes, empezó a sentir que escribir una dedicatoria era un acto peligroso. Percibía, en cada ocasión en la que era citado para cumplir el deseo de los lectores que le buscaban, una extraña responsabilidad que no se contentaba con atenazar su garganta y mantenerle expectante hasta la finalización del acto, sino que crecía, rompiendo los límites, tomando vida, mostrando su incontrolable voluntad traducida en frases que emanaban, inexplicablemente, de su mano. No hallaba explicación acerca de aquella actitud interna, rebelde, que vencía su voluntad y se manifestaba escribiendo frases que misteriosamente conectaban con la personalidad y las vivencias más íntimas de algunas de las personas que le tendían sus novelas para que él, el escritor, personalizara los ejemplares. No sabía cómo controlar aquel impulso que se abría paso con descaro, entre los despojos de vivencias instaladas en su mundo interior, y le tomaba la palabra, haciéndole escribir lo que jamás hubiera pretendido. No percibía en él nada diferente cuando eso sucedía. Nada, excepto una sensación que crecía, cercana al miedo, que se unía indisolublemente a la intranquilidad que le invadía cada vez que recibía una llamada telefónica o un correo para invitarle a la firma de sus obras en un acto público.

 

Unos meses después de haber escrito en el libro de Claudia, en una tertulia literaria a la que había sido invitado, experimentó de nuevo el secuestro de su yo, el arrebatamiento de su personalidad por una fuerza que, a esas alturas, era indiscutiblemente cierta. Delante de un hombre, con gafas y extremadamente delgado, había dos jóvenes que reían con espontaneidad mientras esperaban el momento en que él debía firmar el ejemplar que una de ellas llevaba, agitando al compás de los movimientos informales de sus brazos. El pensamiento de que su novela, en realidad, no sería para las jóvenes, sino para un familiar de la que llevaba el libro, de mayor edad, cruzó su mente. Su novela no era nada importante para aquellas dos personas. Habían comprado el libro, muy probablemente, por el azar que ordena la existencia absurda de los objetos del estante de un comercio. Escribió para ellas unas frases. Entregó el libro firmado, a cambio de un atisbo de sonrisa, devuelto por ambas casi al mismo tiempo que quebraban, con sus pasos, la línea de personas que cruzaba aquella sala.

Tras ellas quedó visible la exigua silueta  del hombre delgado, que golpeaba compulsivamente con la punta de uno de sus pies el suelo enmoquetado. Se acercó a él. Abrió el ejemplar por la página exacta en la que deseaba que el escritor dejase sus palabras. Extendió su brazo y dispuso el libro sobre la mesa, indicando, con un gesto involuntario, el lugar de la página en blanco en la que deseaba que el escritor dejase su dedicatoria. No hace falta que ponga el nombre. Casi todos los libros terminan en la estantería de otra persona. Más tarde o más temprano, todo nos abandona. Aquel hombre pronunció sus palabras sin cruzar la mirada con el escritor, rehuyendo sus ojos, utilizando un tono de voz tan gris como su chaqueta, algo raída en los puños de las mangas, excesivamente largas, en los que se movían, como peces confundidos, sus delgados brazos.

Tomó uno de los rotuladores que la organización, amablemente, había puesto en un recipiente de cristal, etiquetado con el nombre de la tertulia y comenzó a escribir. Repentinamente, percibió la primera punzada de angustia, esa que precedía al indescriptible momento en que él se apartaba, obligado, de quien era y se mantenía a un lado, asombrado y estático, mientras algo secuestraba su voluntad. Respiraba con una agitación que solo él podía percibir. Sentía cómo resbalaba, levemente, el rotulador, entre los dedos sudorosos de una mano que exhalaba las partículas húmedas en las que se traducía su nerviosismo. Finalizó lo que había escrito involuntariamente. Cerró el libro, como si hacerlo significase cerrar, de una vez, la posibilidad de que se repitiese su angustia. Dejó el libro en la mesa y esperó que aquel hombre lo cogiese, leyese la dedicatoria y, como había sucedido en más de una ocasión, le increpase con mayor o menor vehemencia y le diese, al menos, un indicio sobre el contenido de la dedicatoria de la era, accidentalmente, autor. En esa ocasión se equivocó: el hombre se alejó unos pasos sin abrir el libro, sin leer ni una de las palabras que él había escrito.

Respiró, aliviado, pensando que sus presentimientos comenzaban a dejar de ser certeras intuiciones. Aquel impulso indomable le  estaba regalando una tregua.

Antes de alcanzar la puerta de la sala, el hombre regresó a la mesa en la que él estaba dispuesto a firmar la enésima dedicatoria, esta vez con cierto alivio. Se situó frente a él, apartando con violencia al hombre que era el siguiente en la hilera de lectores. Inclinó su cuerpo sobre la mesa. Se apoyó en sus codos, aproximando su rostro al del escritor. ¡No tienes derecho! Ha pasado mucho tiempo ¡Déjame olvidar! Fue un accidente ¡Cayó y murió!¡Yo no lo maté! Le miraba con los ojos inundados en lágrimas de ira y, sin duda, de impotencia y miedo ¡Déjame olvidar!¡Yo solo tenía 11 años!

El hombre delgado lanzó el libro con rabia contra el suelo. La sucesión de personas que esperaban su turno rompió su simetría. Unos y otros, al escuchar las voces del hombre, comenzaron a cuchichear y a entablar una inesperada y accidental complicidad con quien le precedía en la hilera para tratar de descubrir el motivo de su comportamiento.

Tuvo que fingir una repentina bajada de tensión para evitar continuar con la tortura en la que se había convertido dedicar un ejemplar de su novela. Simuló estar mareado y logró abandonar, al cabo de un rato, el local sin que nadie de la organización percibiese el terror que le atenazaba, su incomprensión y su rabia.

Una y otra vez, sin ningún tipo de previsión, fue repitiéndose la experiencia, su secuestro interno, la ocupación de aquel impulso que le dominaba y le hacía escribir sobre lo que no había sucedido aún o lo que ya era el pasado de quien, sin saberlo, se prestaba a ser víctima de la dolorosa habilidad que estaba desarrollando. Su vida fue cambiando, imperceptiblemente al principio, pero con más notoriedad conforme el miedo a sus manos y a las frases de sus dedicatorias iba creciendo. Temía dejar su firma o escribir en cualquier documento: en el tiquet de una compra, en un manuscrito, hacer la lista de las cosas que estaban por comprar, anotar un número de teléfono…

Comenzó a sentir un tremendo cansancio que transcendía lo meramente físico. Le faltaban las fuerzas, la fuerza que había saboreado mientras ordenaba mentalmente las ideas para amasar un argumento, antes de utilizarlo para ocupar la pantalla en blanco de su ordenador y dar vida a una historia. Le faltaba él, notar su yo de vuelta, sin miedo, sin la tenaza del terror a ser conscientemente irresponsable.

La editorial había tenido paciencia con sus problemas de salud, que era con lo que había logrado enmascarar su extraño estado de ánimo. Tras un año de intentos, había logrado escribir un libro de relatos. No había recuperado aún la cohesión mental necesaria para hilvanar la trama de una novela nueva pero se había retado a él mismo, a aquella parte de yo suyo de la que todavía guardaba cierto control, a publicarla y aceptar participar, al menos, en el acto de presentación que su editora había organizado.

Estaba allí, dejándose invadir por la sensación, similar a estar flotando entre las aguas cálidas de una piscina, provocada por un par de grageas  de un tranquilizante que había conseguido en una de las farmacias de la ciudad. Se interrogaba constantemente, casi con obsesión, mientras el acto se iniciaba. Estoy bien ¿no? No me pasa nada raro ¿no? No va a volver a pasar. Esta noche, no.

Escuchó, con más atención de la que esperaba, el pequeño discurso de su editora, primero, y, a continuación, las palabras de una escritora, a quien jamás había leído, sobre las anteriores novelas  de este escritor que muestra en ellas una creatividad inusual, combinada con una asombrosa coherencia discursiva… Cuando llegó su turno, ya más relajado, se atrevió a utilizar la ironía para confesarles a los lectores que los relatos eran, en realidad, una huida, el fruto de su cobardía para atreverse con la complejidad de una nueva novela. Todos sonrieron. Él sabía que era cierto.

Se dirigió a la mesa en la que se apilaban los ejemplares de su nuevo libro y se sentó para iniciar, sin dejar de repetirse mentalmente que estaba bien,  el acto que había postergado durante mucho tiempo. La primera persona que iba a pedirle la dedicatoria fue su editora. No lo esperaba, pero pensó que, sin duda, aquel gesto iba a ayudarle a liberarse del miedo a que el impulso que se había adueñado de su mano, en el pasado,  regresara.

Su editora le acercó el libro y una pluma. Yo he padecido este libro, así que quiero una dedicatoria especial…Nada de las mismas frases que les escribes a todos, eh…

Antes de escribir, se repitió, una vez más, que todo estaba en orden. Se sorprendió al reparar en que había acabado la dedicatoria antes de lo que hubiese esperado. Tan solo había escrito dos frases.

Esta vez, no supo por qué, leyó sus palabras antes de entregar el ejemplar. Lloró. Lloró con una despiadada amargura que acompañaba a su cuerpo en las convulsiones y las punzadas de intenso dolor que se iniciaban en aquel preciso instante.

Antes de verle derrumbarse y caer sobre el suelo, su editora tuvo tiempo de leer la dedicatoria que había escrito: A mi editora. Conserva este libro porque será el último ejemplar que dedico antes de que mi corazón se quiebre y muera.
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Esta entrada fue publicada en octubre 9, 2013 por en HISTORIAS, LITERATURA, PROSA, RELATOS y etiquetada con , , , , .

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