EROS Y PALABRAS by Pura María García

EL INVITADO AMARGO: LA VALENTÍA DE DESBROZAR EL TIEMPO

Maquetaci—n 1

“Era febrero, 1981. Hacía menos de seis meses que vivía en Madrid. Había llegado a la facultad de Sociología desde Alicante, sin saber bien por qué, tras muchas indecisiones. El curso anterior había pasado del entorno seguro del colegio de los jesuitas a un instituto público recién abierto. Necesitaba un poco de caos alrededor, pensaba, para valerme por mí mismo”.

Con estas palabras empieza Luís el primero de los capítulos escritos por él de EL INVITADO AMARGO, un libro modelado por cuatro manos, las de Luís Cremades y las de Vicente Molina Foix.

Era febrero, 1981. Tan sencillo como eso, como etiquetar sucintamente algo extenso e inabarcable: el tiempo.

Conocí a Luis hace años. No escribiré muchos, porque la memoria viva te juega a menudo la mala pasada de revirar los recuerdos, cuando escarbas en tu alma, hasta teñirlos con el color turbio de la confusión que nos lleva a densificar lo breve y minimizar lo intenso. Es ese a posteriori en el que la subjetividad alimenta al pasado. Participábamos en unas jornadas que se realizaban en Alicante. Por ese azar que dibuja paisajes inesperados en los que somos, sin saberlo, material del utillaje de la vida, Luis intuyó que Carmen y yo, que en aquel momento desayunábamos en el comedor de un hotel situado frente a la Explanada, estábamos acabando de retocar el material que íbamos a mostrar en nuestra conferencia.

Luis se acercó a nosotras y nos pidió una hoja de acetato.” Voy a preparar el esquema con el que acabaré la conferencia” Carmen y yo sonreímos. Yo pensé que aquel desconocido era, como yo, una mente movida por la pasión de hacer, de crear.

Tras nuestras conferencias, Luís y yo nos quedamos, por unos momentos, conversando. No recuerdo muy bien sobre qué, pero al rememorar aquellos minutos siento la certeza de que hablábamos de creatividad, de impulsos, del hambre voraz por conocer, por sentir, por abarcar lo inabarcable, con los sentidos y la idea. Antes de terminar nuestra conversación, Luis sacó un bolígrafo de su bolsillo y escribió el nombre de dos libros. “Este está descatalogado. Este otro, no” Me gustó pensar que, a pesar de saber que muy probablemente no podría leer aquel libro, alguien no renunciaba ante lo aparentemente imposible. El segundo libro era La Quinta Disciplina. Luís estaba entonces dejándose impregnar por todo lo que ayudaba a impulsar el aprendizaje, el crecer. “Desde muy temprana edad nos enseñan a analizar los problemas, a fragmentar el mundo. Al parecer esto facilita las tareas complejas, pero sin saberlo pagamos un precio enorme. Ya no vemos las consecuencias de nuestros actos: perdemos nuestra sensación intrínseca de conexión con una totalidad más vasta”. Estas fueron las primeras líneas del libro que Luís me había recomendado y que compré al día siguiente. No puedo recordar cómo nos despedimos, si fue en ese hall de la sala donde estaban teniendo lugar las conferencias o fue más tarde. Es curioso, pero siempre accedo a la memoria sobre los encuentros en mi vida con más facilidad que a las despedidas o los desencuentros. Luís me entregó una tarjeta y acordamos llamarnos para intentar que repitiese la conferencia, y contagiase del virus del cambio de pensamiento –por entonces el término paradigma era una palabra poco escuchada- a profesores que habían decidido actualizar su formación.

De Luís recuerdo sus ojos, expresivos, hondos, de niño inquieto, de buceador entre las rocas que configuraban su realidad. Ojos de lector compulsivo, intuí. Ojos, también, con un punto de melancolía, esa melancolía vital irremediable, inacabable, que lleva  algunos a acudir a la palabra, a escribir la vida, a literaturizar actos, gestos, lo dicho y lo no dicho, la melancolía de un algo que se persigue con la intención, en paralelo, de retrasar para siempre el encontrarlo para no sentir que finaliza la búsqueda.

A aquella conversación siguieron otras conversaciones, todas telefónicas, para cuadrar los viajes de Luís, desde Madrid, donde vivía, con las fechas posibles para impartir su curso. Y de nuevo el azar, pintando con su pincel incomprensible los matices de un cuadro que debiera titularse LA REALIDAD INESTABLE. Luís me avisó de que estaba sufriendo un imprevisto de cierta gravedad, relacionado con su salud y que no sabía si iba a poder impartir el curso. Su voz era intensa y vibrante, una voz sostenida por la voluntad, y de nuevo, la pasión por vivir, por hacer. Muchas veces intentamos retomar la intersección común de nuestra voluntad, pero las circunstancias y la situación de Luís lo impidieron.

No supe de él por un tiempo, pero venían  a mi mente las palabras con las que me había explicado, moviendo sin cesar sus manos, la necesidad de no asesinar la creatividad, en los niños, en la escuela, en cualquier organización donde hubiese, al menos, dos personas.

Encontré, un día, la página de una escuela de escritores que organizaba talleres de escritura  a distancia. Luís estaba entre los profesores-escritores.

El tiempo fue tejiendo el velo de días con el que se empeña en cubrirnos. Luís y yo jamás volvimos  a encontrarnos, pero el azar no había soltado sus dados inciertos: encontré su blogg, él visitó el mío, leí las referencias a los libros de poemas que publicaba…Le intuía cansado, sumido, más que nunca, en su melancolía. Eran intuiciones, fotografías arriesgadas de una realidad, la suya, que yo desconocía por completo.

Hace poco, Luís conectó conmigo por una red social y supe que había escrito un libro. A través del enlace que incluyó en un mensaje llegué al primer capítulo de EL INVITADO AMARGO y vi a Luís, a su alma, sus miedos, sus certezas, sus sueños. Junto a él, estaba la realidad, pespunteada, a golpe de memoria por Vicente Molina Foix, el otro autor del libro. Me gustó leerle porque lo que leía no eran líneas de texto, era Luís y Vicente frente al espejo, desbrozando el tiempo que habían compartido, amándose y luchando las emociones hasta vencerlas, sucumbiendo con toda la intención en ellas.

Al cabo de unos días de haber visto a Luis entre los párrafos de EL INVITADO AMARGO, cuando conducía a casa de Joan, la radio me acercó, de nuevo, a Luís. Él y Molina Foix participaban en un programa en el que se presentaba su libro. El locutor, no sé si conscientemente, hablaba sobre un matiz del libro, para mí el más nimio, el menos importante. Insistía en que se trataba de un libro original, por estar escrito por dos autores, y de un libro valiente. Para él, la valentía era la de Luís y Vicente, escribiendo sobre su relación de amor, su amantía, su deseo y el pulso emocional que les había unido treinta años antes, cuando Luis tenía alrededor de 20 años.

Para mí, la valentía de Luís estaba siendo otra: desbrozar el tiempo, plantarle cara, atreverse a cruzar el puente frágil y desgastado que nos une, endeblemente, al ayer, al pasado y sus telarañas de olvido.

Para mí, la valentía era la de un hombre que se atrevía a decirle al otro los posos que el amor y el desamor, de la decepción y la pasión, habían dejado en él tras un pasado alejado de la veracidad tanto como de la falsedad. Y decirlo, decírselo al otro, sabiendo que tras la palabra, ese otro le aguarda con su propio, y quizás diferente, relato del ayer y sus vivencias.

Esa es la valentía de Luís y Vicente, más allá del detalle insignificante de ser dos hombres quienes se aman y se desean: la valentía de desbrozar el corazón para desbrozar el tiempo.

Un comentario el “EL INVITADO AMARGO: LA VALENTÍA DE DESBROZAR EL TIEMPO

  1. joanmarti
    enero 30, 2014

    Bellísimo el texto, precioso, tal vez el más bello que te he leído, y no diré más, porque sería simple contraste con tu forma de ver el paso de los días y las horas, y eso resulta marginal sobre el hecho de la preciosista estética del texto.
    Pues eso, maravilloso..

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