EROS Y PALABRAS by Pura María García

EL TIEMPO PREVIO: LA SOLEDAD

the long dark waiting... de Laki K.

Hace cuatro día me intervinieron porque una glándula de mi cuerpo, esa de la que tenemos las mujeres dos y que se llama como se llamaba el supuesto bobo que tenía una flauta con un  agujero solo, le dio por inflamarse y tomar un tamaño descomunal. Descomunal, aunque para los humanos sea un adjetivo aplicable aproximadamente a partir del tamaño de una pirámide o una gran catedral, supone, para una glándula, adquirir  las dimensiones ancho-alto-radio de una hermosa manzana, menos dulce que la misma e igualmente rosada. Tenía que operarme después de más de 20 años en los la glándula había estado minúsculamente enquistada, y yo, en supuesta evolución, habíamos convivido en glandular paz.

He tenido varias operaciones en mi vida. Se suponía que esta, a una edad en la que la mente se debería haber acompasado a la madurez (substantivo abstracto y sin embargo terriblemente concreto en muchas ocasiones) no debería haberme causado miedo. Error, otra vez error…que en el tablero de parchís singular que es la vida, lo dado por supuesto, lo consabido, en la mayoría de ocasiones, se transfigura erróneo y, asomando por detrás del telón de los años, se muestra irreverentemente erróneo y se burla, con cierta gracia, todo hay que decirlo, de nosotros.

Tuve miedo y quizás la diferencia es que, precisamente por esa madurez que sé que a pesar de mis ojos de niña ya se instala, desde hace un ancho  haz de tiempo, en mis pupilas…por esa madurez, lo expresé sin pudor y sin miedo (al propio miedo) ¿Será eso, finalmente la madurez? ¿Será no “no sentir miedo” sino sentirlo y dejarlo escapar, con más o menos vehemencia, por los labios indómitos y locuaces?

He extraído algunos paralelismos con la vida (o lo que nos parece esa impredecible serie de experiencias a la que llamamos vida) durante estos días, los previos a sentir un cierto miedo (cierto); los previos a observar el mismo paso del tiempo para, así, huir de la mente y sus aliados, el pensamiento circular y los recuerdos; los previos…esos días, instantes, fulgores minúsculos que no cabrían en un nanosegundo, que siendo absolutamente nada, por obra y gracia de un acontecimiento (o la importancia que le damos al mismo) quedan convertidos en días con un nuevo estatus, una nueva patina, convertidos en “el tiempo previo”.

A pesar de que sienta miedo, una percibe, en paralelo, la necesidad -dulce y leve, también es verdad- de estar sola. Una no quiere sentirse sola, relegada a esa soledad que te imponen los otros o algo más doloroso, por intangible, que son “las circunstancias de la vida” sino estar, estar sola, atribuirse la pequeña libertad de esconderse en un rinconcito de la realidad, agazaparse, ella y su miedos, ella y sus anhelos, ella y sus máscaras, ella y sus artilugios mentales con los que enfocar la realidad e intentar sobrevivir en ella, zigzagueando entre el autoengaño y lo que construimos con pasión creyendo que es “lo cierto”. Y en los minutos anteriores a que parezca que un minúsculo acto, una intervención quirúrgica, se engrandece, alimentado por el egoísmo que una atesora (ese del que, irremediablemente, una se hace consciente con el devenir de los días) y el egoísmo que ha crecido en nosotros, alimentado con la bruma que dejan los pequeños actos de decepción que bate la costa de nuestra  experiencia; con la luz oscura que trasluce entre los episodios de frustración que hacen que nuestra vida sea distinta a la de otros; el egoísmo como suma de las restas a las que otro y otros, con mayor o menor voluntad, han ido vertiendo sobre la piel que nos existe debajo de la piel externa, esa que se ve y se acaricia…en esos minutos previos, mientras cubres con un velo de magnificencia un acto estúpido, sajar una parte del cuerpo para sanarla, una percibe, a la vez, lo ínfimo que somos, lo poco que nos diferencia y que incluso nos une, el aliento que somos mientras que nos ofuscamos en parapetarnos detrás de un yo crecido que, en realidad, no existe sino como ensayo.

Unas horas antes de que un desconocido, con rostro de nadie y, a la vez, de todos, viniera a recogerme, no como princesa en calesa, sino como cuerpo que requiere un quirófano circular  y metálico, releía uno de los dos libros que había llevado conmigo al hospital. Era un libro de poemas. Ahora, mientras lo escribo, me pregunto si hay un porqué para la poesía en los momentos cruciales, en realidad en todos los momentos, de mi vida. Me lo pregunto otorgándole la importancia no a la posible respuesta, o al abanico de ellas, sino a la pregunta, al porqué de esa cascada de palabras, recortadas antes de que crezcan como frases, agrupadas en manojos de líneas que se esparcen, dentro de su reducida extensión, ante los ojos que las recrean y las convierten en la sombra de lo que el poeta quiso dibujar. Supongo que acudo a ella, a la poesía, esa que a veces nos sacude como un alud y nos deja temblando ante una idea cosida con trazos que no son los obvios, los que espera la mente arquetípica y la arquetípica consciencia, porque es un lugar pequeño, una estación, una breve parada en un camino más largo, denso y conflictivo, la pincelada de un concepto que no se afana en indagar sino en dejar un rastro que el lector sigue, imaginando, poetizando sobre sus propias experiencias, dándole la libertad de ser él quien, ante lo breve de la idea y de su esencia, reinterprete la emoción, el dolor, la nostalgia o la vehemencia que transfunden las secuencias de versos.

Antes de que mi cama fuera un Pegaso alado, aunque torpe ante los obstáculos del quicio de la puerta de la habitación y la entrada acerada de un ascensor con aroma a asepsia, leía los versos de Begoña Abad, a quien escuché hace unos años. Con ellos, con la brevedad intencionada de la poesía, construí, antes de que me intervinieran, un amuleto para que el temor, el miedo a no regresar a donde creemos que nos aguardan, se alejase, perseguido por las silabas que desprendían los versos:

“Debería haberme aflojado la conciencia

no tengo edad para estrecheces

ni para el insomnio que me produce la injusticia.

Debería vestirme de mayor

y cuidar no me contagien la alegría

los que aún la conservan.

Debería hacerme un seguro

por si vivo lo suficiente

a pesar de tragar tanto veneno.

Debería dejar de hacer el amor

no vayan mis nietos a descubrirme

y me pidan consejo.

Debería dejar la pancarta de oponerme

al sistema por sistema

y a sus aberraciones.

Debería hacerme cómplice de los que ganan

para comer con ellos la sopa boba

en lugar de hacerme una de sobre.

Debería dejar de escribir poemas

que nunca verán la luz en Hiperión

ni estarán en la lista de los elegidos.

Pero dejar estas cosas,

ahora que empiezan a gustarme,

me jode tanto…”

4 comentarios el “EL TIEMPO PREVIO: LA SOLEDAD

  1. romanidemata
    abril 4, 2015

    doncs la teva preocupació, sense exagerar, ni fer-te la xula, la preocupació que es torna en incertesa, perquè no hi ha res de cert, ni més ni menys, però confiant, confiant en que tot aniria i va bé.

  2. severianobocanegra
    abril 15, 2015

    Espero que te hayas recuperado y éste lapsus vivencial aumente los watios de tu gran calidad humana.Un saludo.

    • pura maria garcia
      abril 15, 2015

      Gracias SEve por visitarme. Sí, voy mejorando.
      un abrazo grande

  3. groc
    junio 25, 2015

    Espero que tot hagi anat bé i que la recuperació – sé que és lenta en una intervenció com aquesta – sigui total; i que recuperis tota la força vital que t’ha acompanyat fins ara.
    Una abraçada!
    Joan

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Esta entrada fue publicada el abril 4, 2015 por en HISTORIAS, PROSA, RELATOS, VOZ DEL AHORA.

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